El jugador de Belgrano está en la mira, siempre: tiene todas las condiciones para ser un crack pero le cuesta sostener el rendimiento y ser determinante. Para titular, es suplente; para suplente, es titular. Lo que nadie duda es que Bruno pide la pelota y nunca se esconde.

A los 20 años, muchos de nosotros no sabíamos nada de la vida pero sacábamos pecho en la esquina, como si tuviéramos el teléfono de Dios. Soñábamos con cambiar el mundo pero nos quedábamos cerca de las infaltables (y salvadoras) milanesas de la vieja. También de su lavarropas…. Todo lo referido a la independencia significaba sacrificio: en distancias, en ausencias, en madrugadas que nos subordinaban a un jefe… Aunque la madurez demoraba menos que ahora, con 20 años seguíamos transitando el aprendizaje sin demasiadas ataduras, hasta llegar a eso que nos parecía distante y los “grandes” llamaban adultez. ¿Quién estaba en condiciones de asumir responsabilidades a esa edad?

Uno de los procesos que cambia los factores y acelera la maduración es el fútbol: a los 20, un chiquillo afuera de la cancha debe ser hombre adentro. Un chiquillo no resiste, si no lo hace… No tiene nada que ver con la frescura y la desfachatez, que en el “fulbo” constituyen la reserva en la que fermentan las jugadas más lindas y decisivas. Si un chico no evoluciona, los leones pueden comerle el hígado.

La picadora de carne

Bruno Zapelli no tiene claro qué corte de pelo usar. O si son más cómodas las medias altas o a media canilla, como las lleva. Lo que mejor sabe es pisar la pelota. ¿Se conoce algo de su vida privada? ¿Tiene sed? ¿Su auto es el que más ruido hace en la cuadra? Adentro de la cancha, en el laberinto de gente que come gente, algunos pretenden hacer verdad una mentira berreta: la de los corredores como elemento indispensable, en un fútbol que chorrea sudor y se muere de tristeza.

Bruno resiste ahí, donde cada pelota quema y otros se esconden para no exponerse. Si es cierto que los huev… se ven cuando algunos se tiran de cabeza, el coraje y la personalidad se multiplican cuando un chiquillo, graduado de hombre rindiendo libre, encuentra el espacio y el carácter para que se la den, porque algo va a inventar y se hará cargo si le sale mal. Zapelli se muestra, le da aire al compañero, no pone condiciones sino que se arriesga y quiere la misma pelota que puede condenarlo. O proyectarlo a héroe.
Cuando saltó a la primera de Belgrano, hace un par de años, le dieron una credencial: enganche. O sea, coordinador de los movimientos de ataque del equipo. Un muchacho inmaduro para tener un auto a su nombre, en el fútbol profesional ya debía ser apto para asumir semejante responsabilidad en un club incómodo en la B, que factura siempre (con justa razón) que tiene sustento popular para estar con Boca y con River.

En esa auténtica máquina de picar carne, Bruno no arrugó nunca y empezó a romper moldes: no es sólo enganche, sino armador, media punta, gestor de jugadas. Las urgencias del equipo y posiblemente su necesidad de crecimiento, lo llenaron de presiones y unas cuantas veces perdió su lugar dentro de los once titulares. Entonces, su nombre llega a una instancia absolutamente curiosa: cuando juega y su aporte es invisible, la tribuna lo quiere afuera…. Y cuando está afuera y el equipo no tiene chispa, la gente lo pide adentro.

Crédito escaso

En general, con diferentes contextos y circunstancias, los chicos de las inferiores de Belgrano (pasa igual en Talleres e Instituto) no tienen crédito: si no hacen magia, se hacen merecedores a la hostilidad asfixiante que, muchas veces, les marca la ruta de salida. A Zapelli le tocó convivir con el fantasma de otros jugadores que no resistieron y se fueron porque, además de ser buenos futbolistas, siempre fueron un blanco fácil.

Hoy, Bruno es el jugador más cotizado y de mejores perspectivas de rentabilidad, futbolística y económica, que tiene el club. Por eso, las exigencias no le dan tregua y todos quieren que sea determinante, que se involucre, que haga jugar al equipo y meta esos pases que son quirúrgicos. No importa si los problemas son colectivos: se espera mucho de él, incluso que tenga la capacidad de recurrir a la arquitectura de su juego para darle solidez al armado y fluidez a la circulación.

Mientras el proceso de crecimiento avanza, el entrenador Guillermo Farré mira el pizarrón y lo estudia. Lo necesita como externo para equilibrar los retrocesos, pero la inercia lleva a Bruno hacia adentro, donde es mucho más importante. Como carrilero no funciona: corre sin brújula y se cansa haciendo lo que menos le gusta. Como mediapunta, rinde más sobre el eje central del juego y no partiendo desde la línea, como habitualmente pasa. Al lado de Santiago Longo, en el círculo central, tiene un recorrido más congestionado y necesita opciones de pase sobre los laterales para acelerar o frenar, de acuerdo con las necesidades del partido. Pero pase a armadores, no a los voluntariosos Barinaga y Ochoa. ¿Entonces? Miño, de notable crecimiento, es el mejor socio pero la movilidad suele distanciarlos. Sí, el fútbol es maravilloso…

Zapelli cumple 20 años dentro de unos días. Seguramente cuando apoye la cabeza en la almohada, un sueño le regalará la imagen de una gran jugada que termina en gol, sobre la hora, con el potrero a flor de piel, para que la gente de Belgrano sea feliz.