Luego de los nubarrones del campeonato pasado, los hinchas de Belgrano recompusieron la relación de afecto con algunos jugadores. Particularmente con el “9”: sus goles son el combustible infaltable para que el equipo haga feliz a la gente.


Si la tribuna de Belgrano aplaude a un jugador, en general es para siempre. Es raro que haya aplausos vacíos o de compromiso. Ahí, donde hay miles de tipos que conciben el fútbol de una manera visceral y sentimental, se reserva el máximo reconocimiento a quienes son capaces de interpretar un fenómeno social único: la empatía, que se establece entre uno que tiene el privilegio de entrar a la cancha y otro que mira, espera y desespera, con el corazón en la mano. Ambos, unidos por un hilo que produce una energía conmovedora.

Pablo Vegetti es un fabricante de situaciones emotivas y conoce el color y el calor de relacionarse con la gente. Tiene la capacidad para poner a prueba esa relación química porque carga con la condición de ser “futbolista de riesgo”, desde el momento en que sus servicios están vinculados directa o indirectamente con el gol.

Su trabajo siempre tiene miles de jueces que lo evalúan desde la consecuencia de lo que hace, más que por el proceso. O sea, la regla de todo “9”, en un país de fútbol carnívoro: vive la vida con más presión que el Ministro de Economía de la Nación y activa la felicidad infinita cuando mete la pelota adentro del arco.

En Belgrano, el universo sobre el que gira Vegetti tiene un condicionante emocional: “la negrada” lo adoraba antes de llegar, porque los goles que hizo en Alta Córdoba retumbaron tanto en Alberdi que fueron a buscarlo. En el Gigante, Pablo es una medicina infalible, que resulta sanadora en tiempos de equipos incompetentes: jugando bien o no tanto, todos saben que ese flaco de aceleración felina es un enamorado del arco. Todo puede pasar, mientras él esté en las inmediaciones del área.

A fuerza de goles, Pablo Vegetti volvió a meterse a la gente en el bolsillo.

Tiempos difíciles

El fútbol de Belgrano genera sensaciones que recorren la tribuna y multiplican los humores. Hay una usina de energía que logra contagiar a los que juegan, aunque el caldo de cultivo también profundiza las exigencias y la impaciencia, cuando el mensaje desde el campo es tibio. Cualquier cosa, menos indiferencia. Es una ley escrita a fuego. No cualquiera la internaliza, ni la interpreta. No se trata de aptitud, sino de actitud y temperamento.

Pablo Vegetti hizo un curso acelerado por la historia de Belgrano hasta acomodar en su cabeza estas coordenadas. Los arcos miden todos iguales, pero atacar vistiendo la camiseta celeste ofrece una repercusión ampliada. De aquel amor inicial refrendado mientras abollaba arqueros, cayó arrastrado por el fracaso colectivo del equipo en tiempos en los que dar dos pases seguidos era más difícil que Don Ramón pagara la renta.

¿Qué pasó? Curioso: ni siquiera los goles infaltables, que eran como encontrar oro en el barro considerando lo que jugaba el equipo el año pasado, pudieron sostener a Pablo lejos de los cuestionamientos que llovían sobre todos. Cuando el protagonismo fue perdiendo color, el desencanto popular sentó en el banquillo a los jugadores capaces de prestar las soluciones urgentes. Se exigió más a aquellos hombres de espalda amplia para transitar la crisis: cuando el juego colectivo era una lágrima y la pelota llegaba arriba tres veces por tarde, la tribuna no tuvo contemplaciones y hasta hubo insultos para Vegetti. Por más que no había pases decentes, ni acompañamiento, sino improvisación y voluntades dispersas. No hubo caso: llegaron a pedirle que corriera, cuando correr era lo más fácil en ese laberinto indescifrable, que era Belgrano no hace mucho tiempo.

Vegetti superó los momentos difíciles aferrado a la incondicionalidad de su juego, yendo al frente, siendo solidario, sin pedir tregua. 

Ganar en cualquier cancha

A fuerza de goles, Pablo Vegetti volvió a meterse a la gente en el bolsillo. Hizo goles decisivos; goles determinantes; goles oportunos; goles necesarios. Superó los momentos difíciles aferrado a la incondicionalidad de su juego, yendo al frente, siendo solidario, sin pedir tregua. Hoy, mucho mejor acompañado y asistido que hace unos meses, su presencia recuperó el crédito y la confianza que la crisis había embargado. Lleva 36 goles en 64 partidos, un registro tremendo en un Belgrano que recién ahora se anima a ganar en cualquier cancha y volvió a pelear arriba, como hacía mucho tiempo no ocurría.

Mientras tanto, nos detenemos en el minuto 41 del segundo tiempo, del triunfo 2-0 de Belgrano contra el San Martín sanjuanino: el entrenador Guillermo Farré ordenó el ingreso de Ariel Rojas para refrescar conceptos en el control de pelota en el medio, como método defensivo, y le dio la oportunidad a Pablo para que la gente le entregara la mejor medalla que un luchador puede recibir. Los 30 o 40 metros que recorrió el goleador hasta el costado del terreno de juego, fueron una caricia al alma. Después de mucho tiempo de un amor en piloto automático y heridas sospechadas, la gente de Belgrano ofreció una editorial sublime: en un arte absolutamente falible, como es el fútbol, aplaudir a Pablo Vegetti siempre será un acto de justicia.