Tres centros, tres goles…

Los discursos que inundan el mundo del fútbol van a tener una semana entretenida porque los tres goles que Newell ‘s le metió a Talleres son una invitación a la autopsia en vida: “tres centros = tres goles. Es decir, “alguien debe pagar por eso” y que corra sangre.

Cuesta comprender cómo se producen goles así, en un fútbol previsible como el de hoy, en el que todo se estudia, todo se conoce y la precariedad técnica hace que las diferencias muchas veces surjan a partir de la equivocación y no del acierto. Hay méritos de Newell ‘s pero las ventajas que dio Talleres fueron decisivas. Por acción u omisión, porque hizo algo mal o directamente no lo hizo.

En estos tiempos, el fútbol se juega al límite del error como factor determinante. Ante la falta de jugadores que se animen en el mano a mano o con capacidad y creatividad para jugar más y correr mejor, lo mecánico sigue imponiendo condiciones y empezamos a aceptar que a los partidos los van a ganar aquellos que se equivoquen menos.

Los goles sufridos por Talleres vienen a desafiar la oratoria del fútbol, que conforma una biblioteca sagrada. En esa especie de “wikifulbo”, la sentencia es inapelable porque se dice y se dirá que “dos cabezazos en el área son gol”; “una defensa bien plantada no puede sufrir goles de cabeza”; “nunca te pueden hacer un gol en el último minuto”; “si vas ganando y falta poco, cerrá el partido”; “si un defensor está atento, ningún delantero le puede ganar un centro”… Todas esas frases, que aspiran a la verdad absoluta, en realidad pierden aceite porque la perfección no existe. Hay naturaleza humana y en ella, los pizarrones tienen una injerencia relativa.

En la cancha, en la realidad, lo primero que se debe destacar es que los jugadores cometen errores y no por eso hay que apedrearlos en una plaza. ¿Será que hay una generación de observadores notablemente influenciados por la PlayStation, donde hay más posibilidades de que 1+1 sea 2? Ahí adentro, donde el pasto es de verdad, ocurren cosas que no pueden ser programadas; hay funciones inherentes a la naturaleza del jugador de fútbol, que no están representadas en un joystick.

No hay botón alguno que elimine los nervios, la ansiedad, las distracciones o las emociones, o que pueda inyectar picardía, inteligencia, talento o jerarquía. Por eso, los errores son parte de la naturaleza del juego y los jugadores, incluso los profesionales como los de Talleres, pueden estar toda la semana pateando y cabeceando centros, y a la hora de la verdad pasa lo que le pasó a la “T”: tres centros y tres goles.

Marcar sin marcar

Planteado ya lo de la convivencia con el error y la necesidad de humanizar la interpretación del fútbol, nace preguntarnos ¿por qué le hicieron esos goles a Talleres? Vamos más allá: ¿pudieron evitarse esos goles? La posibilidad de ver los partidos grabados permite ver cada secuencia, cada movimiento, cada espacio. Por más que se siga gastando energía en sostener que la clave está en ganar la mitad de la cancha, mientras los arcos estén en las áreas será ahí donde habrá que ganar. Es cierto: ganar el medio es el antecedente para llegar mejor pero hasta ahora, ningún partido se definió porque un equipo haya ganado sólo en el medio.

En las áreas, está el tema. Y en las áreas, vemos desde hace mucho tiempo lo que le pasó a Talleres y hacen también Belgrano, Instituto, Racing, Sportivo, Estudiantes y toda la patria futbolera. Por motivos que podríamos vincular con el miedo, los defensores cambiaron la ecuación en las marcas. Antes se consideraba el hombre (el rival), la pelota (establecer contacto visual y seguirla en todo momento) y el espacio (lugar donde podrían encontrarse el rival y la pelota). Ahora, sólo importa que el adversario no gane; entonces abrazan, empujan, agarran, se desentienden de la pelota y el espacio para focalizar pura y exclusivamente en incomodar al rival.

Hay decenas de penales que no se cobran y se multiplican las situaciones como las que sufrió Talleres: centro, el atacante acierta en estar en un lugar donde su abrazador asignado no llega y cabecea. En algunos casos, hasta sin necesidad de saltar. Es evidente que la responsabilidad de la marca se ejecuta pensando en no perder. Ese razonamiento defensivo limita la posibilidad de ganar esa situación de juego. Lo mismo ocurre cuando un equipo debe resolver cómo defenderse: puede hacerlo con la pelota, armando juego, abriendo la cancha, haciendo que circule, o bien sacándosela de encima. ¿Acaso no existe otra manera de defender el arco si no es boxeando?

No lastima que a Talleres le hayan hecho tres goles parecidos. Lo que llama la atención es que cada vez se defienda peor y se renuncie al anticipo, a ir sobre la pelota, a las marcas mixtas (algunos en el espacio y otros al hombre) porque jamás se debe renunciar a la pelota.

Lo vimos en la Selección Argentina y también en Boca y River. Agarrar, abrazar, empujar y obstaculizar al rival, es el recurso que se pone en práctica en las defensas argentinas porque el factor miedo anula a los jugadores.

Aún con la necesidad de aceptar los errores, el fútbol sigue caminando hacia conceptos de una precariedad alarmante. ¿Quién se atreve a la creatividad y el ingenio? Lo que manda, lo que se impone, es no arriesgar nada. Entonces, vemos cómo el temor inspira inseguridad y desde ese lugar, al jugador se le nubla la cabeza y se le inmovilizan las piernas.

Cuando un delantero encara, el defensor rara vez clava los talones para enfrentarlo: retrocede y retrocede y retrocede, hasta el infinito y más allá… Cuando llegan los centros, incluso los de pelota detenida, los que defienden no tienen margen para equivocarse porque les hicieron creer que la única garantía de éxito es neutralizar al adversario. Deben anularlo, no ganarle. En ese circo de manotazos y empujones “todo vale”. ¡No vaya a ser cosa que alguien pierda la marca y un atacante cabecee!

No es grave lo que le pasó a Talleres. Grave sería que no se asuman las consecuencias y se juegue (y se marque) con menos tensión. Siempre hubo y habrá errores. Si creemos en la perfección de la marca o del juego, el único resultado que aceptaremos (y mereceremos) es el 0 a 0. Y en esa ficción, hablaremos de cualquier cosa; menos de fútbol.