La eliminación de la Copa Libertadores desactivó el principal estímulo futbolístico del año y obligará a replanteos para establecer nuevos objetivos. El mérito deportivo es innegable, dentro de una sensación ambigua: el equipo dio el talle a nivel internacional, aunque certificó que con buena voluntad no siempre alcanza.


¿Qué le vamos a reprochar a Talleres? El ida y vuelta con Vélez, que determinó el fin de la aventura copera, necesita de una valoración que no puede perder de vista que el equipo llegó mucho más lejos de lo imaginado, cuando el proyecto de este año no terminaba de tomar forma para acelerar. ¿Es necesario hacer memoria y revisar la gestión 2022 desde el tardío proceso de Guillermo Hoyos, con los refuerzos que no reforzaron y las limitaciones que siempre mostró la versión de Pedro Caixinha? Es cierto: en el corazón de los hinchas de Talleres existía la esperanza de un rendimiento mejor para seguir progresando y haciendo historia. Pero la realidad es que, a la hora de las exigencias mayores, el equipo debió esforzarse muchísimo para ser competitivo y no le alcanzó con entregar todo.

No hay que darles muchas vueltas a algunas cosas. Talleres no ofreció un nivel de juego que le permitiera superar a Vélez, pero tampoco lo había mostrado en la fase inicial de la Libertadores, que superó por su actitud más que por la aptitud. Salvo algunos momentos del partido contra Colón en Santa Fe y pasajes del primer chico contra Vélez, en Buenos Aires, Talleres se destacó por el esfuerzo, la personalidad de algunos de sus hombres y la capacidad de sobreponerse a los adversarios, pero no por el nivel de juego, que se compone con diferentes elementos y casi siempre lo encontró corriendo mucho y jugando poco.

En todo caso, si cabe la posibilidad del reproche, habrá que hacer foco en lo que pudo ser y no fue. Entre el Talleres que respira con dificultad en la competencia local y el de la Copa, que encendió algunas ilusiones a medida que se asentó, hubo diferencias motivacionales y cosméticas, pero no de concepto: el equipo jugó parecido, con dificultades similares, aunque con resultados diferentes.

El pelotazo que condena

Lo de Vélez es testimonial. Le cerró los espacios defensivamente, le dejó la pelota y lo llenó de problemas, porque precisamente si hubo una falencia grave en Talleres fue la necesidad de solucionar los desafíos que se generan a partir de manejarla y decidir. Siempre es más complejo construir que obstruir… ¿Se puede crecer en el funcionamiento sin incidencia de los jugadores que pueden y deben liderar la coordinación del juego? Cuando Vélez se tiró atrás abrazado al efecto acordeón para salir de contragolpe, Talleres tuvo que revisar sus bolsillos para encontrar llaves que no ha desarrollado. Entonces, como antes, como siempre, cayó en la tentación del pelotazo que funde a los centrodelanteros, saltea líneas, torna inútiles los movimientos internos y reduce las expectativas a la lucha cuerpo a cuerpo arriba, donde la pelota cae con los defensores rivales de frente, con mayores posibilidades de ganar.

Inducido a meter pelotazos largos, Talleres pagó tributo por la falta de juego asociado por adentro, donde los laberintos de las marcas y los pasillos absorbieron y anularon a Rodrigo Villagra, Rodrigo Garro y Alan Franco. ¿Qué quedó, entonces? Valoyes, Pizzini, Godoy y Fértoli, cada uno a su turno, no fueron solución al torniquete que aisló a los que pudieron (y debieron) resolver el cerrojo desde el pase y la asociación corta.

Es una lástima que Talleres no haya capitalizado las subidas de Gastón Benavídez y Enzo Díaz, quienes terminaron siendo más delanteros que los delanteros. Ambos fueron capaces de desplazarse en un terreno larguísimo, aceptando el riesgo de perder las espaldas con Luca Orellano y Lucas Janson, dos jugadores de mucha clase y desequilibrantes en el mano a mano, la diagonal o en el ejercicio del pase, que Vélez dispuso estratégicamente sobre las bandas para llegar por afuera.

Responsabilidades

El instinto no fue suficiente para Talleres. Necesitaba ideas que lo hicieran fuerte y no las tuvo. De tanto querer correr sin caminar con prolijidad, estuvo cerca de la improvisación que se volvió terreno fértil para un adversario meticuloso, ordenado y certero.
El partido le reclamó soluciones quirúrgicas y fue incapaz de ofrecerlas, porque más allá de pasarle la pelota a Valoyes para que apostara a su habilidad y potencia, lo cierto es que a nivel colectivo tampoco fue determinante lo del colombiano. La gambeta rompe las defensas; la potencia abre espacios; la velocidad desactiva marcas… Pero la cabeza levantada facilita la posibilidad de resolver el juego desde el pase y a eso, por ahora, Diego no lo tiene aceitado.

Quedar afuera de la Libertadores no es grave, si se hace la valoración adecuada. La foto del final es consecuente con lo que vimos en todo el año, con el equipo obligado y exigido a dar un nivel que nunca pudo alcanzar, con responsabilidades que deberán ser entregadas a quienes corresponden: así como Hoyos y Caixinha no fueron capaces de sacar lo mejor de sus jugadores, algunos futbolistas en los que se confió no fueron solución alguna.

Hay que seguir adelante. Más allá de las circunstancias, a Talleres le pasa todo esto por estar de piepor haber despertado. Está en sus manos ver hacia dónde y cómo quiere seguir adelante.