Hay alarmas (sanitarias y morales) encendidas por la cantidad de gente en las canchas, revelando que no se respetó el aforo autorizado. Como si viviéramos en Suiza, donde la gente se “aburre” de vivir en un mundo en el que las cosas funcionan.

El regreso oficial del público a los estadios certifica que, con nuestra mentalidad y atentos a que la pandemia sigue entre nosotros, aperturas de semejante nivel de exposición y riesgo son un salto al vacíoDe pronto, parece que en el país ya no hay infección y todo volvió a la normalidad. Es la misma sensación térmica que se produce en una ruta, cuando la Caminera pone a los gerentes en foquitos a detener autos haciendo ostentación del cuidado de la vida, pero 200 metros más allá le roban a cualquiera y ninguno de esos policías está autorizado a proteger a los que sólo queremos circular con respeto y en paz.

Por si queda alguna duda, la liberación paulatina de las ataduras sanitarias es una determinación cuya raíz es política, que no tiene relación estricta con los indicadores de salud. Si algo aprendimos luego de 19 meses de pandemia, con 120 mil muertos, la economía en estado raquítico, la fábrica de pobres funcionando a todo ritmo y el humor popular a punto de estallar, es que somos un país de sensaciones… No de soluciones profundas sustentadas en proyectos, sino de la búsqueda de golpes de efecto. Estamos enamorados del resultado más allá del proceso.

Hay bares que revientan de gente, fiestas en todos lados, cumpleaños hasta en la Mansión Fernández… pero el problema es que haya tribunas llenas. A la crisis que nos tiene acorralados, se la maquilla desde la desesperación de los gobiernos por encontrar empatía con la gente, a un costo altísimo: se construye la ficción de que estamos mejor y se disparan medidas demagógicas, que encuentran en el fútbol un perfil público mayor. ¡Listo, abramos las puertas y que la gente piense que estamos bárbaro! De pronto, las tribunas dejaron de estar desnudas y aparecieron miles de tipos para vestirlas con su amor por los colores y la emoción a flor de piel. ¡Qué viva el fulbo y la patria de la transgresión!

En el superclásico, el Monumental de River también se mostró desbordado de público, muy por encima de lo permitido.

La lupa allí

El fútbol no es el problema, sino que es el reflejo de lo que nos pasa y de lo que somos. Culturalmente, nos proyectamos en ese deporte con una fidelidad admirable. Los violentos en el fútbol son violentos en su casa, en la manifestación, en el comité y en la unidad básica, en la esquina y en el potrero. Los que roban en las canchas, también afanan en su barrio, en la noche y en el día. Les tocará a los diferentes estamentos del mundillo futbolístico hacerse responsables de lo que pasa en su universo, porque acá no estamos justificando la barbaridad de ver a miles de personas apiñadas, sin barbijo, sin distancia y a los abrazos. Alguna vez deberemos aprender que “lo que está mal, está mal”. Sin grises ni picardías que se vinculan con la trampa o el comportamiento ventajero.

Es importante que tengamos en cuenta lo siguiente: el espíritu transgresor que se deja ver ahora, con una cantidad exorbitante de gente en las canchas, se plantea en otros ámbitos, con igual nivel de infracción, pero los rebotes no son iguales. ¿Por qué? Entonces, se convierte al fútbol en una presa fácil. ¿Qué lo hace más transgresor que un bar, un baile, una festichola o una junta de jóvenes en Santa Rosa de Calamuchita? Así como desde los diferentes escalones de poder del Gobierno trasciende que quieren sancionar a Belgrano (y a todos los clubes que no respetaron el límite en el aforo autorizado) nos preguntamos: ¿Qué van a hacer? ¿Van a prohibir los ríos porque la chiquillada se amontona desde hace meses en Santa Rosa de Calamuchita? ¿Van a prohibir a los jóvenes? ¿Van a prohibir el cuarteto? ¿Van a prohibir las casas pitucas del campo para evitar casamientos multitudinarios? ¿Van a prohibir a los presidentes para que no se armen fiestitas de gente poderosa e impune?

Decimos a coro: basta del país de la doble moral, de las leyes flexibles, de los privilegiados, de los que no hacen cola, de los que reciben vacunas sin necesidad de anotarse, de los que siguen celebrando goles con la mano con la misma fuerza que protestan cuando esos goles son a favor del contrario. ¿Hubo algún sancionado por los cientos de miles que fueron al velorio de Maradona? Cri cri…

A la gente que fue a la cancha ignorando los protocolos, le exijamos que cumpla con la ley y se sancione a quien corresponde. Lo mismo con los dueños de los bares, de la joda que nunca se desactiva, de los que meten música hasta las seis de la mañana y se ríen de los que se levantan temprano a trabajar. Esto no es sólo un problema de la Policía, que no controla si los hinchas llevan barbijo, o si se abrazan. Se resume en una palabra, que los sucesivos gobiernos fueron anulando: educación.

Si nos cabe algo de conciencia, dejemos de buscar chivos expiatorios y asumamos un compromiso en serio. Mostremos algo de empatía con los médicos, con los enfermeros y con todos los trabajadores de la salud y la seguridad, que pusieron la cara (y se arriesgaron) durante todo este tiempo para ayudarnos a combatir el Covid. Lo demás es chiquitaje puro y duro, buscando votos entre gente irresponsable.