Las desigualdades económicas y técnicas en el fútbol explicadas por el analista Eduardo Eschoyez

Usemos la imaginación: supongamos que hay una carrera de autos, en una categoría que los iguala por potencia de motor y los que conducen son parejos. No hay superioridad (o inferioridad) manifiesta para alguno. Si en las rectas todos aceleran igual ¿Cómo se definirá? La carrera pasa a depender de factores más finitos, como la pericia, el temple, la personalidad, la técnica, la lucidez para tomar decisiones, la capacidad para resistir en momentos de presión, etc. ¿Quién puede anticipar el ganador? Ni Magoya (aunque nunca se supo que Magoya haya incursionado en los pronósticos).

La historia cambia si, en esa carrera, a un auto le dan 50 litros de combustible para una carrera en la que gastará 45 litros; otro vehículo recibe 30 litros y otros, 20. Hasta el Chavo emboca el razonamiento: el que recibe 20 litros, tendrá una tremenda desventaja porque deberá pasar por el surtidor dos veces para completar el recorrido. Eso resentirá sus posibilidades de competir de igual a igual con el que correrá sabiendo que no necesita detenerse.

En el fútbol pasa eso. No hay a autos, surtidores ni carreras, pero sí intereses que le asignan un determinado nivel de posibilidades y herramientas a unos pocos, y menos a otros. Es una discusión que cada tanto reverdece y se instala, pero que ahora, con la pandemia, marca una vigencia absoluta y establece privilegios (y expectativas) de manera despareja. El principal activador de negocios es la televisión, que presta su pantalla a las marcas y al universo en el que los clubes grandes multiplican sus ingresos de manera impresionante. Por eso desde la televisión se arman los cronogramas de partidos y hasta los reglamentos.

Es una ley de mercado. La industria de la TV se maneja por las variables de interés e importancia, y estimula a Boca y River más que al resto por el grado de aceptación que tienen. Después mide las repercusiones, tanto de los partidos televisados como de los caldos de cultivo que se ponen al aire a toda hora…. Y ¡oh sorpresa!: resulta que es un círculo vicioso, porque la gente consume Boca y River y hay que televisar / impulsar / apostar / promover a Boca y a River.

Como Boca y River son negocio siempre, incluso jugando al fútbol, el reparto del dinero del negocio de la difusión siempre los encuentra en situación de privilegio. Entonces, así como es una ventaja que, en una carrera, un auto reciba más combustible que otro, en el fútbol los clubes grandes reciben muchísimo más dinero que los demás y lo usan tanto para mejorar sus posibilidades como para limar las que les corresponden a los clubes con menos presupuesto.

Veamos situaciones concretas. Boca y River disponen planteles de casi 40 profesionales: hay 20 ó 25 que son prioridad, muchos de ellos de nivel de selección, y tendrán oportunidades de jugar; el resto deberá armarse de paciencia para estrenar los botines. No conformes con eso, Boca y River están con el radar encendido por si se destaca algún elemento de otro equipo y saldrán corriendo a contratarlo. Ya no se fichan sólo jugadores hechos, sino que se los captura prácticamente cuando sueltan el chupete. Con eso logran dos cosas: 1) seguir enriqueciendo sus plantillas; 2) debilitar (y desarmar) al potencial competidor.

Esto último se da permanentemente. Los clubes grandes extirpan jugadores a los demás y a veces ni los utilizan. Lo hacen porque responden a la estrategia de sus políticas institucionales en el sentido de que “lo importante es ganar, pero también sirve que pierda el otro”. Incluso, no necesitan ir a ver las vidrieras porque los propios jugadores saben que en Boca y River cobrarán mucho más que en otros clubes y hacia allá van, a ofrecerse, después de mostrar buen nivel en clubes modestos.

Desde siempre, sabemos que el torneo argentino no es parejo, pero esta condición se profundiza cada año. Los clubes con presupuestos más acotados saben que es imposible hacer dos buenas campañas consecutivas porque, después de un buen año, los jugadores más destacados serán tentados por las billeteras de los grandes. Y los perderán.

Aclaremos: lo que Boca y River hacen desde BA, es lo que hacen Barcelona y Real Madrid en España (y en Europa); Nacional y Peñarol en Uruguay; o Talleres y Belgrano en Córdoba y en la región. El sistema establece un escalafón inalterable. El dinero que Cibi le reclama a Talleres por Bebelo Reynoso significa una o dos semanas de sueldo de uno los futbolistas de la “T”, o bien vestuarios nuevos, alambrado y césped impecable en la cancha de Barrio Ituzaingó. 

A jugar, que se acaba el mundo

El parate por la pandemia puso a muchas instituciones al borde de la extinción. Entonces, calladitos y aceptando la convivencia con el riesgo, los dirigentes asumieron el compromiso de jugar aceptando la posibilidad de los contagios. Se aceptó el reinicio del fútbol pese a que la crisis sanitaria es peor ahora que el año pasado, cuando se suspendió.

La pandemia, este escenario cruel en el que brotan y se multiplican las miserias, también viene a prestar su contexto para que se note lo señalado más arriba. A cualquier club se le viene la noche cuando el Covid se mete en el vestuario y la infección manda a media docena de tipos al aislamiento y a controlarle la fiebre. A los grandes les duele menos: hay jugadores de repuesto y las ausencias se sienten menos.

Boca y River tienen un plazo fijo y lo usan de diferente manera. A veces, las ventajas son tan marcadas, que es como pescar en un barril. Esta es la foto del fútbol argentino, que también es la de Argentina como sociedad. No es el fútbol un condicionante de la sociedad, sino al revés. La percepción de lo bueno y lo conveniente, lo borroso que resultan lo justo y lo correcto, en el escenario futbolístico terminan fundidos en una ley de la selva que aplaude y pondera al que gana, y humilla al que queda en el camino. Igual que en la vida.