Más allá de los triunfos y la condición de puntero, en Alberdi está muy claro que fútbol es una actitud de vida en la que está prohibido rendirse y nos acerca a la posibilidad de ser felices.

Podríamos armar un congreso, a ver si alguien se anima a evaluar y explicar el fenómeno químico que se produce en los hinchas del fútbol, en general, cuando un equipo atraviesa momentos difíciles. Algo ocurre, en términos afectivos y de fidelidad, que se multiplican y refuerzan el sentimiento. Es como se ve en la tribuna cuando llueve: las gargantas revientan y las canciones tienen una composición épica inigualable. Nada se compara como ofrendar el amor por una camiseta, bajo la lluvia.

Es fácil (y cómodo) ser del Real Madrid, Barcelona, Boca o River, que siempre brillan y tienen dinero para quedarse con los mejores jugadores. El desafío es vincularse afectivamente con los equipos que nos involucran desde otro lugar, que nos conmueven por alguna causa en particular. Allá por los ’80, con Talleres, Racing e Instituto jugando en Primera de AFA, Belgrano atravesó un momento crucial porque sus desventuras institucionales y económicas reactivaron algo tan complejo como el orgullo y el sentido de pertenencia: volvió a quedar en claro que no cualquiera era (y es) hincha de Belgrano.

Mientras los clubes “carteludos” pasaban de largo y Alberdi no figuraba en el GPS, en la calle Orgaz se edificaba un culto a la pasión que no tenía necesariamente que ver con los títulos, las goleadas o los triunfos memorables. Aquellos enamorados del color celeste, flechados por los equipazos de finales de los ’60 y comienzos de los ’70, unos años después enfrentaron la necesidad de justificar ante sus sucesores por qué amaban a un equipo que jugaba en la liga, mientras los otros “grandes” de la capital cordobesa se vestían de etiqueta para ir a BA.

Estaba dura la crisis

Abríamos el diario y clavado que Belgrano ofrecía una mala noticia: si no le embargaban las torres de luz del estadio, los jugadores entrenaban en una cancha llena de pozos y, a veces, no tenían ni pelotas. O tal jugador se iba enojado porque no le pagaron. O el equipo, casi siempre integrado con gente de afuera, recaudaba millones que iban a repartirse entre los múltiples reclamos judiciales… Tiempos difíciles.

A la edad de entender “algunas cosas”, aquellos miles de adolescentes que hoy son adultos y vuelan de alegría, eligieron ser hinchas del club de los problemas eternos, que enamoraba desde la pasión y defraudaba en todo lo demás. En cada burla resistida, el amor se reforzó para edificar una relación indestructible, que se parece a la esperanza del laburante al que nunca le alcanza lo que le pagan en el trabajo, pero que igual se le anima a la felicidad cada mañana, cuando se levanta convencido de que ese día será mejor. O el primero de los buenos tiempos.

Si es cierto que a la historia la escriben los que ganan, en Alberdi eso no fue cierto. Los hinchas siguieron apareciendo sin depender de los anabólicos y llenaron la cancha incluso cuando desde el césped no se les devolvía absolutamente nada. La lógica del amor se nutrió de todos los momentos: desde aquellos buenos hasta los más vacíos. Se celebró el ascenso del 90 para cicatrizar la herida de la final perdida en el 86; dolió en el alma volver a la B en el 95 y explotó el corazón cuando tres años después, después de perder la finalísima contra Talleres, la gente se quedó en la tribuna para aplaudir. El ascenso del 2011, más allá del derrotado, le otorgó una credencial indeleble, que se recrea cada vez que aprendemos de la vida: cumple sus sueños quien resiste.

Aferrados al amor por el amor mismo, a una camiseta que no destiñe porque se lleva en la piel y a una historia que nunca apaga la máquina de soñar, Belgrano va. Y va.

Alberdi late

No es difícil entender por qué Alberdi late. Jugar en segunda y venir de algunos fracasos e ilusiones maltratadas, no es suficiente para limar el capital de fidelidad más valioso que tiene ser hincha de Belgrano. Para crecer, tal vez, necesitó transitar un último estado de tristeza profundo, como fue el arranque del campeonato pasado. No sólo por el nivel de juego, sino por los magros resultados y la identidad desvirtuada, algo que cuesta digerir…

En este campeonato, con algunos patitos alineados, las recuperaciones individuales y la vigencia de los valores sagrados, el equipo de Guillermo Farré recuperó la chapa porque trata de jugar mejor y a veces lo consigue, tiene el gol en piloto automático, jugadores intimidantes y una determinación para ir al frente que ayuda a disimular las debilidades.

Cuando Belgrano juega bien, gana; cuando no juega bien, se abre espacio desde la capacidad para llegar el área; y cuando juega mal, como ya le ha pasado, ha mostrado una notable respuesta a la crisis con el elemento táctico más importante que tiene el fútbol: se defiende con goles.

Si fuera necesario un testimonio para interpretar este momento, vale recrear el gol del triunfo 2-1 sobre All Boys: después de ir abajo 1–0, llega la última pelota del partido, con 30 mil voces rugiendo por el reciente empate 1-1 e implorando por el último esfuerzo, que pueda transformar la oscuridad en luz absoluta en apenas unos minutos. Si Novaretti fue capaz de volver a Alberdi después de las cosas que le dijeron hace unos años ¡cómo no se iba a animar a meterse en el área, apostando por esa pelota milagrosa que pudiera poner las cosas en orden! Y le quedó, nomás: derechazo abajo, contra un palo en el arco de San Mugnaini. La explosión retumbó donde debía hacerlo y conmovió hasta a los indiferentes: ser de Belgrano no es para cualquiera. No tiene que ver con ser campeones, sino con concebir el fútbol como una actitud de vida en la que está prohibido rendirse, porque nos acerca a la posibilidad de ser felices.