Messi es la máquina de ganar. Gana en cada amague, en cada pique, en cada freno, en cada gambeta. Messi gana cuando acelera y cuando encara; gana cuando sabe qué hacer mucho antes de recibir la pelota porque esa decisión lo conducirá inexorablemente al gol. Gana puntos, gana partidos, gana campeonatos, gana trofeos. Gana fama, prestigio y admiración. Simultáneamente, gana (y hace ganar) muchísimo dinero: donde pisa Messi, el oro brota. Lo que toca brilla y se convierte mágicamente en una lluvia de billetes.

¿Por qué ahora debería ser diferente? El capitalismo tiene estas cosas… En esta relación de amor incondicional entre el rosarino y Barcelona, ninguno de los dos se atrevió a romper la inercia de esa regla. Está prohibido detener la máquina de ganar porque hay dos factores que ninguno puede administrar: el tiempo y el instinto. Con 34 años en su DNI, el horizonte de Lionel aparece cada vez más próximo y hay que ganar ahora, ya mismo. Es inaceptable tomarse un recreo: la victoria imprescindible es hoy, como si fuera el aire mismo que respira. 

Messi es Messi porque fue y es una máquina de ganar. No lo inventó ningún laboratorio de marketing, sino que impuso la voracidad ganadora desde su naturaleza endiablada de pantalones cortos. Hace 18 años que es capaz de esquivar rivales como si fueran conos y marcar los goles que acerquen a la gente a eso que llamamos felicidad. Allá y acá. Lo han aplaudido hasta los hinchas de los equipos rivales….

Entonces, mandan las evidencias. No hay lugar para hechos sentimentales. Todo el diccionario planteado en los párrafos anteriores abrió sus páginas para recibir una palabra que encierra un concepto complejo: la resignación. Barcelona se resignó a perder al generador de riqueza ilimitada y el propio Messi lo hizo para dejar atrás a su “novia” más bella, la del beso primerizo, la del amor epidérmico. Uno y otro, enamorados entre sí con el alma, saben perfectamente que, cada noche, cuando les toca ir a dormir, en los sueños se dibujan goles maravillosos y heroicos, que activan la maquinita de sumar.

La cara visible

En los meses previos al Mundial de Alemania 2006, la figura de Messi se proyectaba de una manera asombrosa e inevitable, pese a que no hacía mucho que había aprendido a atarse los cordones de sus Nike. Los alemanes, anfitriones de la Copa (y de sus negocios), comprendieron que Adidas, el anunciante más alemán de todos, no tenía una cara visible, consagrada y vigente, que usara sus productos y pudiera empardar la exposición que alcanzaba otro niño crack, y de Nike, como el portugués Cristiano Ronaldo. ¿Solución? Los muchachos de Adidas golpearon la puerta de la casa de los Messi, en Barcelona, y pusieron sobre la mesa un acuerdo revelador sobre cómo sería su historia: esto es por dinero. Mucho dinero… Le ofrecieron cambiarse de patrocinador pagando lo que fuera necesario para rescindir el contrato con la firma norteamericana y sumarse a la alemana, por el monto que Messi pidiera. La sonrisa adolescente y tímida de Lionel, ahora empilchado con Adidas, sonrió desde los ómnibus, la televisión, los murales callejeros, las tiendas deportivas y las contratapas color de las publicaciones más importantes. Desde entonces, el rosarino acaricia la pelota con botines personalizados y, en su casa, hasta Firulais usa la ropa de esa marca.

Sin lugar para el amor

Messi se va porque le hierve la panza de querer ganar más, y más, y más… En términos de dinero, porque quiere conservar y hasta mejorar las cifras de su contrato, pero además porque concibe el fútbol y la vida programado para ganar. El fútbol no es un juego: es un monumento al negocio que se nutre de una actividad lúdica que tiene como elemento fundamental una pelota. Ganar no es un juego; perder, ni hablar; la rentabilidad, menos. Él sabe que sus correteadas disparan calculadoras por todos lados.

Anote, por las dudas no lo sepa: aparte de sus acuerdos publicitarios particulares (hoy tiene 11), la actividad comercial que vincula a Lionel y el club se traduce en contratación de amistosos; publicidad en la camiseta; cartelería de la cancha; en los canales de comunicación del club; en la venta de camisetas; explotación de su imagen y la de Barcelona con él; premios por objetivos; televisación de los partidos, etcétera.

Siga anotando, para que sepamos cuántos pares son tres botines. Messi es el máximo goleador histórico con un mismo equipo; máximo goleador histórico de Barcelona; máximo goleador histórico de La Liga de España; máximo goleador del siglo 21; máximo goleador histórico en el clásico Barcelona-Real Madrid; récord Guiness por cantidad de goles en un año; mayor cantidad de partidos disputados en la historia de Barcelona.

¿Seguimos? Lionel es el jugador de Barcelona con más títulos; máximo goleador en una misma temporada la Liga de España; máximo goleador histórico de la Champions League con un club; jugador con más partidos disputados en la historia con la selección argentina; jugador argentino con más títulos oficiales; máximo goleador argentino en partidos oficiales; máximo goleador histórico de la selección argentina.

Hay un contexto privado que nunca conoceremos y que, posiblemente, resultó determinante en el final de su ciclo en el “Barsa”. Nos permitimos una pregunta que jamás tendrá respuesta: si tanto se aman ¿Messi podría quedarse en Barcelona y aceptar ganar menos?

Telón lento y piadoso. La máquina de ganar tiene prohibido los momentos de sensibilidad.