Hasta hace unos meses, la actitud del capitán de la selección era cuestionada porque en Europa ganaba todo, pero con la albiceleste no alcanzaba a ser elevado a la condición de indiscutible. ¿Y ahora? ¿Messi continúa siendo frío y merece seguir en el banquillo?

Lionel Messi no sabe la letra del Himno y por eso no se conmueve. Tampoco sabe cantar, o no quiere hacerlo. No le importa demasiado porque ya ganó todo, es más europeo que argentino, anda en unos autos increíbles y su esposa es bella. Tiene la cabeza en qué nuevo tatuaje hacerse o en dejarse mimar por su perro de nombre no binario. No siente la camiseta de la selección: es “pecho frío”. Tanto, que dejó Barcelona, donde lo inventaron, para ir a otro lado olfateando un dinero que no sabe en qué gastar. Si viene a Argentina, se asusta con el cariño de la gente.

Sí, es cierto. Hace poco levantó la Copa América, pero todavía no es campeón del mundo y tiene varias finales perdidas. Nunca va a ser como el Diego. Lo matan a palos en la cancha y ni reacciona. No tiene sangre. El otro día, un venezolano de la guía de teléfono le metió un planchazo tremendo y casi lo saca del fútbol… A Messi le hicieron “sana sana colita de rana”, un poco de agua bendita y a seguir soportando garrotes. En una situación así, hubiéramos aplaudido a Maradona boxeando con media Venezuela…

(Aclaración necesaria: el párrafo es pura ironía)

Lado A

La selección argentina evoluciona y por momentos juega bien, aunque la gente se enamora de los resultados y se olvida del proceso. O lo pierde de vista, al menos. Después de los triunfos ante Venezuela y Bolivia, se fortalecieron algunos conceptos pero siempre con el asterisco de que Messi anda listo para arreglar el universo: apenas unas dosis de su juego, es suficiente para desactivar la lucecita roja que se enciente cuando algo anda mal.

Ya sabemos que este equipo, en la medida de contar con Lionel Messi, ha renunciado a la necesidad de ser creativo y de generar contenidos futbolísticos que lo hagan sólido en una mirada de equipo. ¿Y si no tuviéramos a Messi? Mejor no hablar de ciertas cosas

¿El equipo no tiene fluidez en el manejo y la elaboración de jugadas? No importa: hay que darle la pelota a Messi. ¿Los ataques por derecha no tienen resolución porque Di María engancha siempre para adentro, con el perfil al revés, demora y no sabe que Nahuel Molina es del mismo equipo? No importa: hay que darle la pelota a Messi. ¿Los movimientos por la izquierda se frenan porque Marcos Acuña no llega hasta el fondo y Papu Gómez tiene la tendencia de meterse hacia adentro? No importa: hay que darle la pelota a Messi. ¿Paredes y De Paul juegan en una cancha redonda, sin arcos, y se entretienen en el juego lateral? No importa: hay que darle la pelota a Messi. ¿Lautaro Martínez se la pasa corriendo sin hacer valer su capacidad de tremendo mediapunta y fracasa como centrodelantero? No importa: hay que darle la pelota a Messi.

Atrás es todo un tema. El equipo interpreta que jugar bien es tocar en una baldoza adentro del área, con pelotas incendiadas que comprometen al arquero, los laterales y los centrales. No importa: siempre hay que darle la pelota a Messi. Entonces Messi le sale al cruce a aquello del “pecho frío”. Nunca se esconde y pide la pelota a la que los otros renuncian. Ofrece ser la descarga, el pase necesario para descontracturar el armado. Recibe, devuelve y cambia la fisonomía de una jugada. Aparece caminando y aun así es determinante porque su presencia siempre merece marca triple. Aunque los demás se desconecten y le dejen a él toda la responsabilidad, Messi se hace cargo. Donde no hay espacios, los fabrica. Si no hay ángulo, lo inventa. Su geometría mental le permite cortar camino, reducir tiempos, ahorrar movimientos para hacer fácil todo lo difícil: nada menos que una jugada de gol.

Si el equipo no logra hacer pie, una jugada de Messi puede cambiarlo todo. Contra Bolivia (y decenas de veces en otros partidos), recibió una pelota más, en una zona llena de dientes dispuestos a masticarlo. En dos movimientos, pintó una obra de arte: se sacó la marca de encima y “limpió” la pelota, vio la luz y metió un chanfle de zurda que dejó sin respuestas al arquero Lampe. Viniendo de Messi, hasta pareció algo simple, porque nunca se lo vio nervioso, o tenso. Resolvió la jugada con una facilidad asombrosa, que marcó un quiebre en el partido porque desde el 1-0 ya nada fue igual.

Un rato después, inventó el 2-0 en una corrida, con toques y devoluciones, hasta que definió con Lampe suplicando piedad: derechazo a un costado, esquivando la humanidad de un arquero gigante. El 3-0 también tuvo su firma, más modesto en lo estético, pero igual de valioso.

El país de las diferencias

La Copa América de Brasil y el Messi humano llorando en el pasto, moderaron aquello del “Messi, pecho frío” que nos calaba los huesos. ¿De dónde nos nace esa incapacidad para valorar lo que tenemos o la naturaleza de comparar para destruir? En los últimos partidos de las eliminatorias, mostramos una cierta intención de resetear el criterio para medirlo y así, dejar de pedirle que nos haga felices para recibir de él lo que tiene para ofrecernos. Su arte, su juego, sus goles, su bajo perfil, su fantasía de pantalones cortos, porque resulta que lo aplauden de pie en todos lados, pero nosotros andamos pidiendo que también sea campeón del mundo… 

Evidentemente, Argentina es un país construido desde las diferencias y las rivalidades que, de la mano de la burla y la provocación, pasaron a ser una factoría de enemistades. Si no logramos ponernos de acuerdo en disfrutar de Lionel Messi (o de Diego Maradona) ¿cómo vamos a hacer para ponernos de acuerdo en todo lo demás?

Mientras tanto, Messi juega al fútbol, maquilla las limitaciones del equipo y nos recuerda, en cada freno y en cada jugada deslumbrante, que es argentino. Aunque no haya sido campeón del mundo.