Sin pudor alguno, luego de haberse valido de los jubilados, el estéril enfrentamiento argentino avanza ahora con los más indefensos.

La grieta, esa herida abierta que sangra sin parar y debilita cada vez con más rigor a los argentinos, ha llegado ahora a tocar uno de los hilos más finos y sensibles: los niños. Se trata de un extremo inadmisible y vergonzoso.

El nuevo capítulo que enfrenta al oficialismo con la oposición, en este caso al Gobierno Nacional con la gestión de Rodríguez Larreta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ha llegado a ese angustiante límite y amenaza con arrasar con toda cuota de piedad que corresponda para con los inocentes e indefensos.

El cierre de las escuelas versus las clases presenciales, las posturas antagónicas en cuestión, luego de detonar las idas y vueltas de una justicia cada vez más ambigua, aunque al mismo tiempo representativa de la chatura argentina, han llegado ahora a tomar a los chicos de rehenes y los instalan en las primeras planas como ejemplo. Niños contagiados versus niños ignorantes y sin futuro.

¿Había necesidad de llegar a tanto? El goce de la grieta ha dejado expuesto que este enfrentamiento estéril, que mantenemos y ampliamos en todos los frentes y se fogonea desde hace más de una década, no sólo ha sumergido a nuestro país en una crisis económica y social sino también moral.

Hace poco, la grieta ya tuvo otro capítulo lastimoso con los jubilados. Ahora fueron por los chicos ¿Quiénes siguen?