Talleres, Belgrano e Instituto buscan desarrollar su poderío pero se topan con una limitación: no tienen conductores o líderes en el juego. Caen en la tentación de la velocidad sin la debida organización para enfrentar los momentos calientes.

La ausencia de jugadores con capacidad de conducir a los equipos pone en el mismo plano a Talleres, Belgrano e Instituto, ya con los campeonatos en desarrollo y los rendimientos de cada uno perfilados hacia una idea de consolidación. Esa realidad los limita para dar el salto de calidad en el juego en aquellos momentos difíciles que les proponen los partidos.

El líder, concebido más allá del número de la camiseta y la posición que un jugador ocupe en la cancha, se vincula con la función específica de coordinar e impulsar la decisión que permita resolver los problemas, en los diferentes climas que se presentan dentro de la cancha. Ninguno de los tres lo tiene

No se trata del goleador, ni del capitán, ni del que entretiene a los hinchas con malabares. Tampoco de una cuestión que pueda valorarse desde una tabla afectiva: desde hace tiempo, Talleres, Belgrano e Instituto generan una expectativa mayúscula en la gente y terminan frenando la evolución de su nivel de juego cuando se presenta la necesidad de decidir qué es lo mejor ahí adentro, donde no hay tiempo y cada pelota quema.

No cualquiera puede ocupar ese rol ni tener arraigo en sus compañeros.

¿Quién es y qué es el líder? De eso se trata, precisamente. Cuando los espacios se achican, los nervios aceleran, el rival juega mejor y el ataque no es avance, todos corren y pocos encuentran la lucidez para orientar. O cuando hay que defenderse con la pelota, tener paciencia para entrarle a un rival y organizar la presión hacia adelante o hacia atrás, se necesita un líder. Un referente, una cabeza con visión estratégica para elegir el camino con más luces.

Función repartida

Hace mucho que Talleres no tiene líderes futbolísticos. Cuando parecía que Tomás Pochettino iba consolidándose en esa función, se fue… ¿Entonces? ¿Puede serlo Herrera, el hombre elegido para llevar el brazalete? Está a la vista que Guido es fundamental y va recuperando el nivel que tuvo hace un par de años, pero sus prestaciones no tienen una influencia sostenida en el comportamiento del equipo. Aporta atajadas imprescindibles y saques con una precisión quirúrgica, pero en los momentos de caos en la elaboración del juego, Talleres pierde aceite y no es por el arquero, precisamente.

La falta de un elemento que pueda organizar el juego reparte la función y la debilita. La salud futbolística termina sostenida por los que aportan corazón y personalidad, que no siempre son determinantes para influir en la toma de decisiones. Rafa Pérez, Enzo Díaz, Diego Valoyes, Michael Santos y hasta Federico Girotti, son pilares claves, con la energía para encender a sus compañeros. Pero no son estrategas, ni mucho menos. De a ratos aparece Rodrigo Villagra evolucionando de su papel del primer pase y pareciera que puede dar más para avanzar hacia la responsabilidad de conducir. Pero hoy es una posibilidad, simplemente.

Confianza para dos

Este Belgrano renovado, que jamás renuncia a la sangre caliente y arrancó 2022 con una dosis de calidad individual superior a la del año pasado, comenzó bien y metió varios triunfos disciplinadores. En la concepción del Belgrano que late en su cabeza, el entrenador muestra confianza hacia dos jugadores con riqueza técnica: Bruno Zapelli y Mariano Miño levantan la mano. Se destacan por la gambeta y el desequilibrio individual, pero no alcanzan a complacer las necesidades estratégicas de un equipo que se apoya mucho más en Hernán Bernardello, un mediocampista de lucha, de recuperación, que confirma su condición de referente desde atrás.

Bernardello está siempre; Zapelli y Miño son intermitentes y suelen perderse en los costados. Cuando llegan los momentos difíciles; la inercia es tirarle la pelota hacia adelante buscando a uno de los mejores delanteros de la categoría, que se debate en un dato crucial: cuando el equipo juega mal, ningún camino conduce a Vegetti.

¿Será Ariel Rojas el indicado? Por ahora, ni siquiera se ganó el derecho de ser titular pero puede ser importante en la conducción, por su experiencia y capacidad.

¿El que usa la “10”?

¿Santiago Rodríguez puede ser ese referente en el liderazgo que Instituto necesita? A veces, caemos en la tentación de identificar como líder al que se pone la “10” y no siempre la personalidad tiene que ver con las características técnicas.

Damián Arce manejaba muy bien la pelota pero definitivamente, no era un líder; lo que pretendió ser Alejandro Faurlín, se acerca más al eje de la discusión. ¿Joaquín Arzura puede hacer valer su foja de servicios para conducir a sus compañeros?

Esta versión de Lucas Bovaglio está en formación y va acomodando la carga de acuerdo con los sobresaltos que se le presentan. El equipo tiene sensibilidad para jugar bien y eso ha devuelto la esperanza a los hinchas: si las tribunas revientan, como está ocurriendo, es una prueba de amor que espera la devolución desde adentro de la cancha. Hay presencia por afuera y referencia en el área pero, al igual que Talleres y la relación de Guido Herrera, la figura del arquero es inevitable: Jorge Carranza ataja bien y es la voz de la experiencia, pero la cocina del juego le queda muy lejos. La lupa está más adelante, donde la pelota suele ir y venir y necesita de esa pausa o de esa aceleración por los espacios necesarios, para que un equipo madurez.

La dinámica del fútbol moderno

Siempre se necesita liderazgo para asumir las decisiones: la dinámica del fútbol moderno, que cree más en mojar la cancha, interpretar planillas y culpar a los árbitros de todo lo que ocurre desde Ucrania para acá, está perdiendo de vista lo indispensable que resulta en toda estructura colectiva la presencia de una mente que piense y estimule la razón.

Se apuesta desesperadamente por la velocidad y no se interpreta la necesidad de la precisión, que está relacionada íntimamente con la capacidad para decidir.

Mientras tanto, Talleres, Belgrano e Instituto conviven con la necesidad de hacerse fuertes y muchas veces, en la cancha y en los momentos calientes, no hay a quién confiarle qué hacer con la pelota.