¿Alguien va a discutir el poder de convocatoria que tienen los equipos cordobeses de fútbol? Si fuera por ese dato, habría vitrinas llenas de trofeos en nuestros barrios…. Hace mucho que nos llenamos el pecho de orgullo al decir que los hinchas “nunca descendieron” y siguieron apoyando, incluso en los momentos más oscuros. Le pasó a Talleres recorriendo las polvaredas del Federal A y a Racing, tomando impulso desde la misma Liga: la gente estuvo siempre, ofreciendo pruebas de amor conmovedoras que no siempre tuvieron un correlato desde adentro de la cancha.

Lo de Belgrano e Instituto tiene muchas similitudes con el eco popular de los otros clubes, pero sus casos son especiales porque juegan en la segunda división, un espacio intermedio que presenta una identidad y un caldo de cultivo diferente. El contexto de la Primera Nacional tiene un clima, una necesidad de revancha y un reclamo de “justicia” que no se ven en las otras categorías. Hay de todo, menos resignación: así como en el Federal A los hinchas proyectan en música la esperanza de crecer y, en algunos casos, la necesidad de “ser lo que fueron”, en Primera División nadie arma canciones hablando de evitar el descenso y sí se destacan el protagonismo, ir al frente, pelear “por algo”…

Ya sabemos que Argentina es el único país del mundo en el que todos los hinchas, de todos los clubes, creen que sus equipos deben ser campeones. Los cantos de la tribuna hablan de muchas cosas y repasan el amor por el club casi al mismo tiempo que les trasladan a los jugadores la necesidad de ascender.

El sentido de pertenencia tiene rostros y letras diferentes. En la B, donde Belgrano e Instituto conviven con mucha cultura del ascenso de Buenos Aires, el discurso es clarito y todos hablan de la urgencia de salir de ahí para ir a mojarle la oreja a Boca o despeinar a River. Todas las discusiones importantes se resuelven desde el fútbol de los domingos y el gran negocio de los partidos tiene como eje activar lo que le pasa a los que juegan en el nivel superior.

Belgrano fracasa en el intento de ascender y la gente responde llenando la canchaInstituto sigue quedando afuera de todo lo relacionado con el ascenso y en la tribuna no cabe un alfiler… Como tantas veces oímos al ver el espectáculo que montan miles de personas cuando ofrecen su pasión a los colores del alma: el día que, desde adentro de la cancha, los equipos sean capaces de estar a la altura de ese fenómeno popular que se refleja en el color y el calor de afuera, nada podrá detenernos.

Los unos y los otros

Para estar en Primera División ¿qué tienen Patronato, Arsenal, Barracas, Aldosivi, Sarmiento, Central Córdoba y algún otro? ¿Son mucho mejores que Belgrano e Instituto? Porque no todos tienen proyectos deportivos sólidos para aferrarnos a eso, o son una usina de buenos jugadores. Al contrario, tienen sus planteles armados con rezagos de los clubes grandes. Estos clubes, institucionalmente modestos, salen a la cancha cada fin de semana a subsistir, rara vez producen alguna revolución futbolística y parecieran condenados a la resistencia.

¿Qué ofrecen equipos como Argentinos Juniors, Godoy Cruz, Lanús, Banfield, Gimnasia, Defensa y Justicia? Juegan o jugaron copas internacionales y manejan presupuestos infinitamente menores que los de Boca o River, con un dato extra: rarísima vez juegan a cancha llena porque también la cantidad de hinchas que tienen es austera.

¿Adónde vamos con esto? El capital que tienen Belgrano e Instituto afuera es un hecho estadístico y estético, que no sostiene de manera robusta lo que se diseña desde la política deportiva. O sea, llenar la cancha queda hermoso, pero no alcanza para que esa energía, esa presencia tan fuerte y esa lealtad aporten certezas a la hora de armar los equipos y establecer un plan para volver a Primera. Una cancha llena no garantiza equipos competitivos. Cuidado: también le pasa a Chacarita, Nueva Chicago y San Martín de Tucumán, por citar algunos ejemplos.

En el caso de Belgrano, se recuperó mucho desde la mitad de la temporada pasada y se quedó afuera por poco. Todo el mérito de esa segunda etapa no fue suficiente para compensar los errores cometidos en la primera, con el armado de un plantel que lejos estuvo de dar el talle del protagonismo que la historia exige. Todo el vaivén de adentro no fue un espejo de lo que pasó con la gente. Jugando muy mal y todo, regalando puntos y maltratando la pelota, la tribuna siempre estuvo repleta porque ahí, en ese barrio, lo testimonial manda: hay que estar, siempre, incluso para decir que el equipo es feo o exigir que los refuerzos sean mejores que lo que hay en casa.

Hoy juegan varios chicos del club, que elevan el sentido de querer lo propio. Eso implica un valor agregado: en los momentos calientes, nadie banca a los muchachos de las divisiones inferiores, pero cuando toman confianza y dejan la piel en el césped, la popular los ama.

Lo de Instituto genera un poco de sorpresa porque tiene un público más duro de enamorar, posiblemente como consecuencia de la sucesión de temporadas lejos de la posibilidad de acariciar el ascenso. En este torneo, el entorno cobró fuerzas: ahí están esos 20 mil que cada partido convierten a Alta Córdoba en una fortaleza de amor, música, aliento y fiesta. Por causas muy difíciles de explicar en un fútbol que chorrea exitismo, la gente de La Gloria va a la cancha a ofrecer su corazón y sin pedir demasiado a cambio. Si los jugadores cuidan la pelota y tratan de jugar, hay aplausos en piloto automático.

En un barrio y en otro, es fácil que las tribunas se llenen cuando se llega a instancias decisivas y aparecen los que estaban guardados porque solo van a ver ganar al equipo. Lo que hoy vemos es que no se trata del resultado de las grandes campañas, aunque las hagan. Es una prueba de amor que se inspira en la rebeldía, en la oportunidad de empujar desde afuera y dejar en claro que, cuando los objetivos son comunes, alcanzarlos no es tan difícil. El respaldo popular es un crédito a sola firma, que espera ser capitalizado, porque con llenar las tribunas está visto que no alcanza.