Con todo el año por delante, Belgrano e Instituto salen a enfrentar algunos fantasmas: deben replantear la fórmula que los ha llevado a perder tiempo, gastar mucho, recoger deportivamente poco y decepcionar a la gente.

El comienzo del año propone la renovadora sensación de “día lunes”, con todo por hacer, de camino por transitar, de proceso nuevo. Con Talleres aferrado a una política deportiva que le da la posibilidad de hacer buenos negocios mientras consolida su crecimiento, Belgrano e Instituto viven una realidad diferente porque necesitan armar equipos competitivos resistiendo las presiones de los hinchas, el peso de la historia y un dato incontrastable: el desfile de jugadores que llegan (con cartel o sin él), rara vez hacen diferencia en la cancha y se van por la puerta de atrás.

Si Talleres puede tolerar las transferencias que generan alivio en lo económico, aunque eso modere la velocidad de la gestión de crecimiento, responde a que el jugador es considerado un eslabón, y hasta casi un insumo, en una estructura que plantea objetivos complejos: el desarrollo integral, que empieza a mostrar indicios de consolidación adentro de la cancha. O sea, no es que venda por vender, ni que salga a querer ganar todos los campeonatos. La ecuación está planteada de otra manera y genera simpatías y antipatías, pero es clara. Andrés Fassi es previsible. Y en su mundo, la previsibilidad es dinero. Saber qué va a pasar es, posiblemente, uno de los capitales más importantes que ha logrado Fassi en Talleres.

Todo lo contrario ocurre en Alta Córdoba y en Alberdi, a la luz de las experiencias recientes, signadas por un alto componente de fracaso deportivo, apuestas injustificadas y debilidad en la confianza de quienes deben gestionar. Nunca se sabe qué va a pasar, ni tampoco se llega a la encrucijada de transferir activos para sostener un proyecto: Instituto hizo una de las peores campañas en muchos años y ni siquiera tiene la posibilidad de vender un jugador como consuelo; Belgrano quedó lejos de las discusiones importantes y las ventas que hizo o puede hacer, no mueven el amperímetro.

Hoy, esa primera hoja del cuaderno nuevo ofrece (por única vez en el año), un elemento clave: el factor tiempo. ¿Cómo, con qué criterio y herramientas, podrán manejarlo?

La rotonda

A esta foto la conocemos de memoria: en la cuenta regresiva para el comienzo de una temporada, los clubes de Córdoba necesitan una rotonda para organizar el tránsito y evitar algún choque, entre la cantidad de jugadores que se van y los que llegan. Todo, en medio de un clima de ilusión inspirado por lo nuevo pero con la decadente sensación del vacío por las malas campañas. Generalmente, instrumentadas con jugadores ajenos que no resultaron mejores que los propios, ni justificaron lo que se gastó en ellos.

Hay un diseño en la cabeza de los que deciden y eso deriva en acciones: se traza una línea por dónde avanzar con una determinada cantidad de recursos, entre dinero cash, otro por cobrar, posibilidades de financiación y alianzas estratégicas. No es que los que se deciden se sientan sobre una caja fuerte y combaten el calorón echándose aire con un abanico de dólares… Para optimizar las herramientas, se asume que la lógica de los negocios en el fútbol no es “1+1 igual a 2”. La mayor rentabilidad es lograr “mucho con poco”, con todas las variables que esa figura tolera porque los que no tienen la economía de Boca o River, deben estudiar potenciales, invertir, apostar y arriesgar. Suele decirse que “con plata, cualquiera es vivo”… y es cierto: sin el dinero suficiente, se deben fabricar soluciones con lo que hay.

En ese universo dinámico, los clubes ya contratan por inercia y no diferencian lo que es una incorporación y lo que es un refuerzo. Hace años que hay una señal indicativa: los últimos ídolos son muchachos de afuera. O sea, no se trata de gente de Córdoba, o de las inferiores de los clubes. Miliki Jiménez, Luis Artime, Luis Sosa, Diego Garay, José Zelaya y Julián Maidana alcanzaron una identificación absoluta con las diferentes hinchadas y no surgieron de las canteras. La excepción pareciera ser el Cholo Guiñazú que, en todo caso, confirma la regla.

¿Hacia dónde va este punto? Respuesta: las inferiores “tan mentadas” no están solucionando la demanda de recursos a la altura de las circunstancias y cuando se insinúa algún valor, es transferido de manera prematura. Cuando la tribuna ofrece su canto de guerra exigiendo que entren los chicos del club, resulta que los pibes propios, los que llevan los colores adheridos en la piel y no necesitan que les cuentan cómo es el tema de querer el escudo, no están aptos para atender las expectativas. ¿Entones? ¿Qué hacemos, además de insultarlos?

¿Qué pasa con las inferiores? ¿Los dirigentes no confían en ellas?

La transición tan temida

La realidad es que los dirigentes contratan muchos jugadores porque algo pasa con las inferiores: ¿no confían en ellas? ¿lo que producen carece del nivel suficiente? ¿los jugadores jóvenes sirven sólo para ser vendidos? ¿no hay tiempo para esperar que maduren? Si nos basamos en la cantidad y calidad de los jugadores que llegan desde afuera, evidentemente las respuestas están a la vista…

Si hablamos del Racing del 80 o el Talleres del 77, que no salieron a contratar rezagos de los clubes porteños, caeremos en la tentación de ponderar equipos de otras épocas, germinados en un contexto diferente. De todos modos, sí deberíamos aprender de lo vivido: se pueden hacer equipos competitivos con jugadores propios, o de la región, o ajenos pero formados en casa. El Racing de Hernán Medina es toda una editorial, porque salió a la cancha refrendando la idea de usar los jugadores de Córdoba, de la Liga, de la zona, o jugadores de afuera que podían aportar algo. E hizo una campaña sobresaliente.
Hay una etapa, un paso en la maduración, que nuestros clubes no quieren asumir porque es riesgosa: la transición para que maduren los chicos y estén a nivel profesional.

En otras épocas y ahora mismo, se suele recurrir a los jugadores de las inferiores cuando no hay dinero para los de afuera. Entonces los ponen, los incendian y después los dejan libres…

Es como un círculo vicioso, que alguien deberá romper… Los proyectos no pueden ser de una semana, o de un mes. Que la gente haga saber su enojo pero no perdamos de vista cómo funcionan nuestros clubes: la única manera de devolverles identidad es respetando las raíces y cuidando el capital. Es un error resignarse a que el termómetro de las decisiones institucionales dependa del humor de la tribuna o de la esquina: alguien nos hizo creer que la gente siempre tiene razón. Y eso no es cierto, porque así como hay gente que tiene razón, hay otra que no la tiene. Tiene razón el que pide cuentas claras y rechaza la llegada sistemática de jugadores que responder a favores; pero no la tiene el que exige resultados sin apoyar el proceso, pide contrataciones rutilantes y ni siquiera paga cuota de socio…

Respetados lectores, para cerrar esta nota: los invito a que repasen la cantidad de jugadores que Belgrano e Instituto contrataron para la última temporada. Y veamos cuánto aportaron…. Telón lento y piadoso.