¿Cuánto faltará para que los GPS, los drones y las planillas estén por encima de la maravillosa imperfección que propone el fútbol, desde la calidad de los jugadores? En los tiempos del “no error”, el miedo paraliza al tipo creativo y lo induce a no pedir la pelota.

En la prensa, en los escritorios y en las tribunas, ya se naturalizó un mensaje que los jugadores absorbieron y llevan a la práctica: a los partidos los ganan aquellos “que cometen menos errores”. No se habla demasiado de la calidad de los que juegan, o de la imaginación para que los equipos dispongan de herramientas para ser superiores, sino que se analiza y se interpreta a partir de los errores. Se razona a la defensiva.

Por eso, seguimos avanzando hacia una realidad en la que los entrenadores profundizan sus conocimientos en aspectos científicos que pueden mejorar el rendimiento de los jugadores pero que, al final, terminan generando un efecto inverso. Tanto número, tanta cosa perfecta y la tendencia a evaluar a un ser humano con mecanismos tecnológicos, terminan por generar el peor de los fantasmas dentro de una cancha: el miedo. Hay miedo al error; miedo a la derrota; miedo a la tabla; miedo a los hinchas; miedo al fracaso; miedo al miedo. El miedo que paraliza al tipo creativo y lo induce a no pedir la pelota. O que le achica la caja de herramientas al que defiende porque no puede darse el lujo de equivocarse…

Ese mismo miedo ya contaminó a los arbitrajes, que venían a los tumbos desde que se los evaluaba con varias cámaras y ahora les metieron el VAR para firmar la defunción de la condición humana de un par de tipos que hace lo que puede. Y nunca alcanza.
Entonces, damas y caballeros, los “partidos perfectos” están cada vez más cerca: se vendrán los empates 0 a 0, en los que nadie se arriesgará a cometer un error porque eso se pagará caro. Sin errores, no habrá goles. Los pragmáticos preparan su fiesta.

Sanciones “ferpectas”

Durante la semana, Perú perdió contra Uruguay 1 a 0. Sobre el final del partido, una jugada pudo derivar en el gol del empate pero el equipo arbitral no lo sancionó y el triunfo quedó para los uruguayos: en un ataque de los peruanos, el arquero “charrúa” Sergio Rochet atrapó la pelota y metió su cuerpo dentro del arco. Se generó la duda… ¿la pelota entró?

¿Fue gol? La polémica en el partido Uruguay-Perú no se agotó tras la decisión del VAR.

Unos días más acá, otros celestes pero de Alberdi, vivieron una historia muy particular con un gol que se gritó a favor de Belgrano contra Gimnasia en Mendoza, pero lo anularon por fuera de juego de Pablo Vegetti, tras un remate de Hernán Bernardello.

¿Tienen algo en común esas dos jugadas? Sí: todos se quejan y exigen perfección a los árbitros, pero después cuesta aceptar la realidad cuando se sabe si las sanciones fueron correctas. Hay una asombrosa fábrica de víctimas. En un caso y en otro, no hay ninguna posibilidad de interpretar acertadamente esas jugadas si no se cuenta en el apoyo de la tecnología, porque los jueces están con una perspectiva visual que no les permite ver a ciencia cierta tanto detalle de lo que ocurre. Además, ¡la velocidad a la que ocurren los hechos!

En Montevideo, el VAR determinó que el balón no había ingresado por completo al arco, por lo tanto no hubo gol. Sin embargo, los peruanos siguen quejándose porque se sienten víctimas de un “robo”, aunque en las repeticiones de televisión puede verse que la jugada fue bien resuelta desde lo reglamentario. No importa: se quejan igual. En Mendoza, Vegetti estaba habilitado; por lo tanto, el remate de Bernardello era lícito y el gol debió ser convalidado. Como allí no había VAR, se impuso el golpe de vista del equipo arbitral y la ubicación de Vegetti confundió al asistente que levantó la bandera. El error del asistente quedó diluido con el efecto del triunfo que le permite a la “B” ser el puntero de nuevo. Pero ¿de qué estaríamos hablando ahora si Belgrano no hubiera ganado?

Como vemos, todos los caminos conducen hacia un estado de contractura gobernado por el miedo. Los árbitros dirigen con mucha inseguridad; los jugadores tienen terror de perder pero, como les cuesta mucho ganar, siempre es más fácil culparlos a ellos… Es una mentira monumental que el fútbol debe convivir con el error de los árbitros porque esa tolerancia se agota cuando alguien se siente perjudicado: la tecnología auxilia y debe ser aprovechada, pero no anulando la naturaleza humana de quienes los juegan o lo dirigen.

Partidos sin pelota

Parece un contrasentido, pero no lo es. Cada partido reafirma que los equipos ya no quieren la pelota porque los compromete y los expone; entonces eligen jugar desde la fiaca intelectual sin asumir responsabilidades creativas para evitar el riesgo de cometer una equivocación.

Hay toda una ingeniería dispuesta a favor de las ideas de destrucción y marca, en desmedro de lo que pueda imaginarse hacia adelante, donde los partidos se ganan. Cuando hay un gol, rápidamente los periodistas caemos en la tentación de hablar de “distracciones defensivas” cuando no encontramos el mecanismo de observación y análisis para detectar y narrar el mérito del que ataca. Somos parte de ese jurado infalible que no perdona las derrotas y las hace indignas.

¿Quieren un ejemplo que nos refleja? Miren qué hacen, y cómo, los defensores en los córners…. En las divisiones inferiores, a los chicos les enseñan que para marcar, hay tres elementos para tener en cuenta: la pelota, el rival y el espacio. La combinación de esos tres elementos le da voltaje a las jugadas porque si el que ataca tiene a un hombre en posición favorable y la pelota le llega, es gol.

Entonces, los jugadores que defienden cortan camino apañados por los entrenadores, ante la mirada cómplice de los árbitros: agarran, abrazan, empujan, pisan, obstaculizan… Hay 10 penales por cada centro y 10 infracciones de los que atacan, intentando defenderse. Al defensor lo paraliza el miedo a no ser eficiente y que su equipo reciba un gol convertido por “su” marca. ¿Se entiende?

Dice Marcelo Bielsa: “Frente a la adversidad, siempre sigo luchando. Y sé hacerlo del único modo que se lucha en la adversidad: en soledad. Porque como la derrota produce sensaciones desagradables, es natural que todo el mundo tienda a distanciarse del que protagoniza la derrota”.

El fútbol de los partidos sin errores, que terminarán inexorablemente 0 a 0, está a la vuelta de la esquina. No nos sorprendamos.