La frase que inmortalizó Diego Maradona hace unos años ahora está en situación condicional: “la pelota no se mancha” pero ¿cuánto resistirá, si la obligan a moverse en un laberinto plagado de intereses que no son los sanitarios, precisamente? Se juega o se juega, aunque los infectados se cuenten de a miles.


El año 2022 presenta un desafío mayúsculo, que no tiene necesariamente que ver con la exigencia de los campeonatos o la cuenta regresiva para el Mundial de Qatar, que ya hizo la curva en el almanaque y se asoma, allá al fondo… Durante este año, al igual que ocurre con otras actividades deportivas, el fútbol convivirá con el Covid entregado a la realidad de que muchas personas se van a contagiar. Y nadie parece dispuesto a mover las fichas para evitarlo.

Como en referencia a la pandemia sólo sabemos que no sabemos nada, agachamos la cabeza con la más profunda resignación. Hay y habrá contagiados en todas partes, de manera inevitable y como efecto colateral, porque la decisión política tiene la firma desde hace rato: se liberaron todos aquellos factores que traccionan la economía y son muy influyentes en el humor social. Es decir, si hay miseria (humana) que no se note.

En Argentina, la pelota no es un juguete menor y resulta muy tentador evaluar cómo manipularla. Cuidado: no le echemos toda la culpa a las autoridades sanitarias o a los políticos, porque desde los propios clubes se presiona para que los torneos no se detengan. Primero, se jugó sin público en las tribunas, con los suplentes repartidos a lo ancho de la platea y con las caras escondidas atrás de los barbijos; después, con aforo limitado y todos ya andaban a los abrazos; y desde hace poco, sin tope alguno, con los jugadores a los besos y compartiendo botellas de agua, como si el coronavirus no fuera a salpicarlos.

Más allá de que el negocio más importante de la industria es reducir a los hinchas como testigos virtuales, con el control remoto en la mano, las flexibilidades que fueron produciéndose no respondieron a las prioridades de salud, como si fueran un correlato de lo mejor que estábamos. Es así de simple: el fútbol, como opio de los pueblos, debía y debe estar activo para sostenerse como factor de hipnosis.

¿Alguien duda de que se trata de un costo altísimo? No sólo por la salud de los jugadores y el resto de las personas que trabaja en las estructuras de los clubes. Hoy, más que nunca, todo lo que nos pasa como sociedad se refleja en el fútbol y recordamos que la pasión nacional no es la transgresión. Los límites están ahí para ser ignorados ¿y qué?

Tal vez no cause mucha preocupación que el 3 de Barracas tenga tos o que, en un entrenamiento, Banfield haya tenido que mandar al utilero al arco porque sus arqueros profesionales estaban infectados y aislados. Así como encontramos la épica adentro de una cancha, también absorbemos el vale todo. Bien argentino, digamos: no importa cómo se gestiona, sino que lo importante es mantener alineadas a las multitudes. Entonces, el show debe continuar, a cualquier precio…

Hay un país al que no le alcanzan los goles de Boca o los títulos de River, para que la gente viva mejor. Ni Messi es suficiente. Ese país invisible, que sufre el jaque ético y moral desde la hora cero, vive reclamando ejemplos y ofrece, como contraprestación (y por el mismo precio), un montón de pequeñas historias de héroes anónimos que nos conmueven desde sus trincheras, poniendo el alma en lo que hacen, aunque la guita no les alcance y algún trasnochado les dedique el estribillo “en el diario no hablaban de ti (ni de mi)”.

Indudablemente, la pelotita quieta es una caja de resonancia que amplifica otros problemas porque la gente toma conciencia de las cosas que ocurren en el país. En vez de discutir por un penal que no fue, el tema es que vas al súper y el carrito cada vez parece más grande, o que en tu familia uno quiso hisoparse y estuvo cuatro horas al “rayazo” del sol. Mientras tanto, los hospitales vuelven a llenarse de los perejiles que se contagian en los bailes, en los cumpleaños y en las festicholas de los chetos en la playa. Y la patria futbolera va

La prensa dice que “hubo casos positivos en un equipo y eso dificulta la pretemporada”: en algún momento, comprenderemos que la noticia no pasa por ahí, sino por denunciar que hacemos las cosas tan mal que es más importante que empiecen los partidos, a que los médicos y los equipos de salud deban entregar parte de su vida para que esta peste no siga matando personas.