En Córdoba, las tribunas de las canchas se llenan sin estar atados a los resultados. Por supuesto que eso puede influir, pero el mensaje de la gente es claro: el respaldo es indeleble porque no es la consecuencia de los títulos o de los triunfos, sino de la pasión y de la emoción.

Los dirigentes de los clubes de Córdoba tienen mucho trabajo por hacer. Entre todas las ecuaciones que deberán resolver, aparecen dos muy complejas: una, administrar la pasión de hinchas que siguen creyendo que hay que pelear arriba; dos, descifrar cuál es el lugar que nos corresponde, para saber si la gente tiene razón o si es un delirio.

El capital más valioso que presenta siempre la contabilidad afectiva es la esperanza. Lo único que nadie puede quitarles a los hinchas del fútbol de Córdoba es precisamente eso. Los equipos pueden aspirar a los títulos o no; habrá proyectos o improvisación; se verán indicios que estimulen a seguir un determinado camino o bien derrotas que frustren, como nos toca ver seguido… Pero la gente siempre estuvo y está, aunque no nos queda claro de qué factores dependen las posibilidades y cómo se edifica la expectativa. ¿Dónde dice que Córdoba debe tener equipos protagonistas? ¿Alguien se anima a justificar lo contrario?

El elemento disciplinador más fuerte que tiene el universo del fútbol argentino cuando se refiere a esta provincia, es la cantidad de hinchas que hay, la lealtad y el nivel de exigencia. Incluso, el Kempes es ahora uno de los estadios más bonitos del país.

Cuando se abrieron las puertas para volver a vestir a las tribunas con algo de calor humano, quedó en claro que la pasión nunca descendió. Si Córdoba tiene un capital, además de los cracks que surgieron de sus potreros, es que el respaldo popular no es la consecuencia de los títulos o de los triunfos, sino de la pasión y de la emoción.

¿Qué hace que el hincha se comprometa y entregue su corazón a una causa? No se trata de las alegrías que se han generado adentro del campo de juego, porque ésa es la fórmula más sencilla. Por eso hay tantos que siguen a los clubes que tienen dinero y, si no ganan por las buenas, contratan a los mejores de los adversarios para salir a jugar con ventajas.

La cuestión es que nuestros hinchas se movilizan por el sentido de pertenencia, por la historia, por los recuerdos, por las ilusiones construidas desde el trabajo y el sudor, que no se compran con billetes. ¿Cómo se hace para justipreciar eso? ¿en qué bolsa de valores se le puede asignar un número a algo tan abstracto?

Lo único que sabemos es que la cantidad de personas que va a la cancha no califica la gestión de los dirigentes y el rendimiento de los equipos. Una tribuna repleta no habla de la dirigencia, necesariamente. Aquí se fabrica combustible con poco y nada. El hincha va a la cancha porque prefiere estar ahí, ser testigo y no que le cuenten los partidos. Se enamora del pasto, ver el numerito del pantalón de los jugadores, de la vocecita del 3 y del grito atronador que se produce cuando hay un gol.

Pero nos encontramos con una realidad que no podemos ni debemos esquivar. ¿Hay hinchadas de primera y dirigentes que descendieron? ¿Hay dirigentes de primera y un entorno que no acompaña? ¿Existirá la tribuna con el espacio suficiente para contener a toda la gente, cuando se logre sostener en el tiempo a un equipo poderoso, con jugadores propios, que pueda asustar a los grandes, como pasaba antes?

De una manera o de otra, el fútbol de Córdoba es lo más parecido a la clase laburante: ofrece lucha, sacrificio, capacidad para encontrar las fuerzas que lo lleven para adelante, siempre. Con alegrías fugaces o esporádicas, los hinchas respaldan a los equipos abrazados a la posibilidad de ser mejores, de crecer, de llegar más arriba. Aunque fundamentalmente, lo hacen por una cuestión de necesidad y de fe: en el fútbol, es más fácil alcanzar la felicidad que afuera de las canchas.

Con alegrías fugaces o esporádicas, los hinchas respaldan a los equipos abrazados a la posibilidad de ser mejores, de crecer, de llegar más arriba.


La deuda interna

Los buitres pueden llevarse lo que encuentren en la tesorería de los clubes y hasta embargar las torres de luz de la cancha, como ya ha pasado varias veces. Es posible que los que toman decisiones pidan fiado para pagarles a muchachos que llegan sin pasado ni futuro. Y hasta suele ocurrir que, cuando aparece uno bueno de las inferiores y eso alimenta la posibilidad de un despegue, a su pase ya lo han negociado hace rato…

Pero la esperanza está ahí. Se reinventa mediante un fenómeno químico que tiene la capacidad de diluir cualquier frustración para volver a creer. Entonces, las tribunas se llenan igual aunque, muchas veces, desde la cancha, a la gente no se le devuelva ninguna pared.