De nacer en estos días, sería concebida como una ingenua pequeño burguesa funcional a los intereses dominantes o como una anodina ciudadana de Corea del Centro.

Una de las grandes virtudes de Mafalda fue que, pese a ser tan política, logró evitar la politización de su imagen. En Argentina, la muerte de Quino entristeció por igual a las fracciones ubicadas a los dos lados de la grieta. Otro tanto ocurrió en la agrietada España, la patria adoptiva de la tira.  

Misterios de la universalización de un personaje. De la astrología de su nacimiento. De la habilidad de su creador. Mafalda forma parte del reparto selecto de próceres que no fueron descuartizados por el fanatismo. Su agonía es de otra textura.

Quinó la dibujó por última vez en 1973 y ante las reiteradas súplicas para que la devolviera a la actividad, respondía que “la época en que vivió es única. Mafalda no puede regresar porque ya no sería la misma”. 

Hay al menos dos elementos para darle contexto a su negativa. La tecnología aplicada a la historieta empezó a requerir héroes más activos, criaturas caracterizadas por sus poderes físicos, por sus movimientos. Mafalda y sus amigos disfrutaban del romanticismo del lenguaje, de su poder de persuasión, de la hondura de la quietud. El único superpoder que poseían era el del sentido común, la filosofía de la inocencia.

Ninguno de los personajes de Quino podía impedir una muerte absurda o una catástrofe natural. Podían llorar, condolerse, explicarlas. Pero no estaban obligados a modificar el destino.

El otro argumento es sociológico. Las familias de Mafalda vivían en una época donde la movilidad social ascendente no era una quimera ni un eslogan de campaña. Un empleado de oficina podía aspirar a un autito cero kilómetro, un almacenero podía mirar la hora en un reloj de oro, el hijo de un obrero podía conocer el mar en el verano. La Argentina mafaldera de los ‘60 era el paraíso de la clase media. En lo económico y (hasta la dictadura de Onganía) en lo cultural. Soñar no sólo estaba sugerido. Era un imperativo social. La utopía era una obligación. “Aspiración” era una palabra de moda y todavía no había pisado fuerte en estas tierras la idea divisoria de la lucha de clases que teñiría la década del 70.

En el mundo de Mafalda, la libertad y la justicia no tenían que pelearse por un lugar. Había suficiente espacio para las dos. Miguelito, Felipe, la misma Mafalda y el último de los personajes, llamado casualmente Libertad, sostenían esa mirada democrática y plural desde la inocencia infantil: el hombre es esencialmente bueno. Quino había leído a Rousseau. 

Hoy hemos retrocedido. De nacer en estos días, Mafalda sería concebida como una ingenua pequeño burguesa funcional a los intereses dominantes o como una anodina ciudadana de Corea del Centro. Representante de los tibios a los que vomita Dios.

La muerte de Quino es un poco su muerte también. Las sombras de la sociedad tecnológica oscurecen el universalismo. No parecen ser tiempos de consensos, de acuerdos abarcadores, de políticas de estado. Como las tribus de las redes sociales, todo es fragmentario. Las nuevas generaciones crecen una idea: lo que pasa en su Facebook, su Instagram, su Tik tok, es lo único que sucede en la vida. El resto no existe, es mentira, o directamente va al delete. Mafalda no podría convivir con ese mundo disgregado por intereses diversos. Susanita no sería su amiga. Manolito sería un personaje a combatir. Su propia madre fenecería bajo su mirada impiadosa.

Para el día en que retornen (si es que retornan un día) esos valores que imaginaba Quino, para cuando el globo terráqueo que habitualmente consultaba Mafalda vuelva a girar al compás de una melodía universal, los seres humanos quizás no recuerden que tiempo atrás, impresa en papel cartulina, una nena inteligente y sensible quería vivir en un mundo único y mejor.