Lo ves jugar a Federico Navarro y te preguntás ¿Dónde estaría este muchacho si en vez de jugar en Talleres se hubiera puesto la camiseta de River o Boca? Conviene sujetar la imaginación en el terreno de lo incomprobable, porque sólo sabemos que Navarro juega en Talleres y desde Córdoba hay que gritar muy alto para que la verdad pueda ser escuchada desde el Obelisco.

Navarro corta, juega, pasa, recibe, abre, achica, compensa y hasta se anima a romper líneas hacia adelante, en un equipo que siempre está en vías de desarrollo y ofrece un proyecto deportivo que a veces es claro y otras, no tanto.

Su fútbol tiene la belleza de lo simple y la eficiencia de lo práctico; hace que el funcionamiento resulte aritmética pura: la pelota al pie, en el momento exacto, porque no se especula en una zona siempre caliente en la que el acierto soluciona problemas y el error, los produce.

Navarro no gambetea ni hace sombreritos. No es necesario. Tampoco se lo verá arriesgando la pelota por meter un caño para la tribuna (virtual) o trasladando hasta entrar en algún laberinto, propio o ajeno. Juega a dos toques, porque entiende que velocidad más precisión son factores determinantes en un fútbol repleto de corredores que no terminan de interpretar el arte de construir fortalezas, desde la unidad básica del juego: el pase. Y él lo sabe.

¿De qué juega?

La lógica de sus movimientos refleja conceptos que aplicaba a la perfección el Cholo Guiñazú para depurar la salida o impulsar el armado desde un pase tan limpio como oportuno, que le dejaba la pelota al que debía tenerla. Federico sigue esa receta al pie de la letra.

Ahora bien, Navarro no lo sabe pero está rodeado. En los últimos años, entre los periodistas, los opinadores y los entrenadores se han divertido armando un diccionario con términos raros que parecieran elevar al fútbol a una dimensión metafísica. Y allí, para entenderlo, hay que usar una lupa que no se vende en el boliche de doña Nelly, en la esquina. Hablás como ellos o no sabés nada. O peor: estás desactualizado.

Entonces ¿es indispensable definir de qué juega Federico? ¿Indispensable para quién? El campo mide igual que siempre y el círculo central no se ha movido de ese lugar. La franja media acunó jugadores de diferentes perfiles técnicos y tácticos, que resolvieron los problemas del juego con sus herramientas. Todos ellos, los “volantes centrales clásicos”; “los volantes tapones”; “los doble cinco”; “los mediocentros” y algunas otras versiones de una función que toma el sector medio como eje, regaron el pasto con coordenadas que hoy parecen laberintos porque se insiste en el discurso de que lo importante es ganar la mitad de la cancha. Entonces, meten un montón de piernas ahí para que varios hagan la tarea que siempre hizo uno. Mirá si en Argentina campeón del mundo 1978, al Tolo Gallego le iban a meter otro Tolo Gallego…. En el recordado Racing del ‘80, andá a discutirle el eje medio a la Chueca Aramayo. En el Talleres memorable de los ‘70, estaba Juan Domingo Cabrera o lo reemplazaba el Hacha.

¿Navarro juega como quién? Nos animamos a una definición: Federico es un “cincazo”. Y caso cerrado. Porque juega de “cinco” descongestionando un sector lleno de humo. Y aunque en este Talleres moderno el entrenador le reduce campo de acción al ponerle al lado a Nacho Méndez, él solito interpreta el fútbol con visión periférica, manejo de los dos perfiles, habilidad para controlar y tocar, riqueza para pasar del toque corto al cambio de frente, atención y reacción para presionar, lucidez para encontrar o fabricar espacios vacíos para empezar de nuevo. Ah… y tiene la inteligencia para administrar todo eso. Desde el universo de Talleres, nos muestra cómo se mueve al equipo con la pelota y qué es el equilibrarlo sin ella. Si vemos esas virtudes en el “cinco” de Boca, se habla una semana. O si las exhibe el de River, lo llaman de la selección. El tema es que Federico juega en Talleres.

Negocio a la vista

Federico Navarro es un león, con apenas un puñado de partidos a nivel profesional. Su notable crecimiento lo ha posicionado como un elemento indispensable en la idea de Talleres de sostener su crecimiento e “ir por más”, pero también lo puso en la vidriera y allí, late el negocio. Así como la “T” suscribe la teoría de seguir peleando arriba todos los campeonatos, es innegable que al presidente Andrés Fassi se le ilumina el alma cuando alguien ofrece unos buenos dólares por sus jugadores.

Para seguir creciendo como equipo, Talleres necesita un buen equipo, y al buen equipo se lo sostiene con buenos futbolistas. Pero cuando los tiene, o cuando explotan, o cuando suena el celular del presi, surge la ansiedad por venderlos. Ya pasó con varios: ahora es el turno de Navarro y otros muchachos. Ya están peinados, pasaporte en mano.

O sea, el Talleres que quiere ser protagonista se encuentra en una encrucijada porque cuando puede avanzar hacia la consolidación, vende a sus jugadores más importantes. ¿Lo explico de nuevo o se entendió?

Navarro es un número, como los demás. Un número que activa el negocio para Fassi y un número que le da color, presencia, juego y aspiraciones al equipo, si lo vemos desde la perspectiva del entrenador. Entre todas las lecturas posibles, el hincha debe convivir con la satisfacción de ver a un jugadorazo como Federico, llenando la cancha con su juego, pero también con una certeza: si viene uno con una valija de dinero, se lleva a cualquiera demorando el objetivo idea de ratificar a Talleres como potencia.