Ya no se escuchan los aplausos a la noche, pero ellos siguen cumpliendo su misión en el peor momento

Elena Pagliarini, una enfermera italiana que se hizo viral durante el pico de casos en Lombardía

Ellos no tienen la culpa. Ni del encierro, ni del dólar, ni de la inseguridad, ni de los incendios… ellos no tienen la culpa.

A finales de marzo, todas las noches a las 21 corría por los balcones de todo el país un efusivo aplauso que nos enamoraba a todos. Un romanticismo que reflejaba nuestra cara más linda en el espejo de las emociones.

Ayer, transcurriendo el quinto día desde que empecé con síntomas, me quiebra el llanto desconsolado de una mujer en la tele. Se la ve agotada, desbordada, sola y con una amargura que entristece. La misma mirada desgarrada que días atrás había entre un grupo de compañeros que despedían a un bioquímico en el hospital de niños. Son trabajadores del sistema de salud.

“Ayudennos a ayudar”, pide una doctora triste frente al micrófono de un cronista. Solo piden que colaboremos un poco.  Algunos se desmoronan cuando leen un comentario que niega la realidad, y no es mi tarea la de criticar ni señalar a nadie, respeto el libre pensamiento, abrigo la simple idea de que uno puede pensar lo que quiera sin que moleste al otro.

¿Qué pasó en el medio? No lo sé ni me siento preparado para dar una respuesta que satisfaga a todos, pero claro es que ya no se escuchan las palmas a las 9 de la noche.

Es ahora cuando más nos necesitan: están mal comidos, cansados, alejados de sus familias y, pese a tanto, no sólo somos indiferentes con ellos, nunca falta el boludo que los molesta con la cobardía del anónimo y propone que alquile en otro lado.

Son los soldados de una guerra para la que no se prepararon y que no eligieron. Solo ofrecen su cuerpo a diario y ni siquiera tienen tiempo de reclamar. Sientan cabeza fría entre la histeria y la indiferencia. A veces, como esa mujer que ayer vi en la tele, lloran. Ya no escuchan los aplausos, son héroes en silencio.