A la hora de las restricciones por la pandemia no es el mismo trato el que tienen los deportes amateur o las ligas regionales que aquellos que mueven dinero.

Las autoridades sanitarias decidieron encuadrar al deporte competitivo no profesional en la categoría de “peligroso” y dieron instrucciones para suspender los calendarios de varias disciplinas. El fútbol de las ligas, el rugby, el hockey, el voleibol y algunas más, deberán desactivar sus calendarios porque en sus respectivos ámbitos, “se generan las condiciones de riesgo para contagiarse”.

Existe un convencimiento de que “algo hay que hacer”, porque las balas pican cerca…. Lo vemos todos. Los muertos no son un invento de los que se hacen millonarios con el alcohol en gel o lucran vacunando militantes. Ahí están los registros, para ordenar incrédulos.

El primer problema de la decisión es la ambigüedad de las medidas porque no todos los casos son iguales, ni se ajustan el nivel de peligrosidad atendiendo aquellos factores que son presentados como disparadores: hablan del entorno, del contexto y no necesariamente de la práctica deportiva. O sea, mamá, papá, novios y hasta al Tía Pocha se han convertido en factores de problema porque la movilización de gente y la posibilidad de reunión (durante y después de los encuentros) enciende luces rojas que no pueden permitirse.

Se cierran las puertas (muchas puertas) y la historia sigue complicándose porque la gente tiene que seguir (sobre)viviendo. El tema es evitar focos infecciosos: ya está, lo entendimos. Después veremos a qué precio se activa el torniquete por ese lado, porque no es sólo es cuestión de sujetar a los que pueden hacer el “delivery” de la infección, sino de evaluar el impacto de dejar sin trabajo a mucha gente y de tacharle la recreación a otra tanta.

Lo que llama la atención es que no se aplique el mismo criterio para otras actividades. Si el voleibol federado es peligroso porque hay viajes en auto de un barrio a otro, o si el fútbol regional impulsa el éxodo vehicular entre los pueblos, ¿qué menos peligroso es el básquetbol de la Liga Nacional? Por si no lo tienen claro: en un Atenas – Peñarol, la marca es piel contra piel, respirando encima, con contacto absoluto. Hay matrimonios que no tienen el nivel de intimidad que se ve ahí…

Al fútbol profesional lo conocemos de memoria: si van a suspender las barreras en los tiros libres, o si en los centros se van a prohibir los agarrones ¿puede ser, no? En todo caso, podrían inhabilitar los goles: es una medida muy efectiva porque cuando alguien la emboca, los muchachos arman unas montañas humanas en las que el autor queda abajo y los demás se le tiran encima.

Tirando la moneda

Hay un deporte que educa, estimula la salud y nos ayuda a estar mejor; y otro que es factor de riesgo, de peligro, que nos expone a la enfermedad. Es decir, estamos tirando la moneda entre el deporte saludable y el deporte insalubre, aunque no tengamos bien en claro dónde uno pasa a ser el otro. Según como se lo mire, la fortaleza de uno puede ser la amenaza de otro…

Por supuesto que las humoradas en este texto son desesperados intentos de encontrar una sonrisa entre la tristeza que nos causa vivir así, lejos de los afectos, adivinando el beso con la vieja e imaginando esos abrazos que nos llenaban de vida, y hoy están proscriptos.

Todo lo que se intente para frenar al Covid, merece que lo apoyemos. Desde el compromiso y desde la conciencia, porque duele el alma pensar que esto se pueda prolongar mucho más en el tiempo.

Pero el apoyo no es incompatible con la necesidad de creer. Lo que nos puede ayudar a sentirnos mejor es que inspiren confianza los que deciden, porque cerrarle el club a las chicas de hockey puede ser una medida acertada. O mandarle un candado a la cancha de los muchachos del rugby, tal vez esté alineado con la necesidad de ser rigurosos para minimizar las posibilidades de contagio, en cualquier circunstancia. Clarísimo.

Mientras tanto, respiramos una bruma densa, oscura, que no nos deja ver mucho más allá, donde se mueven los poderosos y a ésos, no los tocan… Los deportes que no administran poder económico y/o político, son tratados sin contemplaciones. Son presas fáciles, porque no hay reacciones. Y si las hay, duran tanto como un suspiro en la mano.

Al fútbol o al básquet profesional no se animan a tocarlos. La pregunta es ¿por qué? ¿por qué no se aplica el mismo razonamiento? ¿el fútbol realmente es el opio de los pueblos? ¿o tal vez los enfermos surgidos en el plantel de Instituto no importan porque esos chicos tienen fama, dinero y tatuajes? ¿cuál es la valoración que se hace para sostener que es más peligroso un partido de voleibol en Poeta Lugones, que un Talleres – Emelec, a dos kilómetros de ahí, por ejemplo?

Asusta que los que deciden vean todo como hilo delgado para que elijan donde cortar. Andan a los abrazos y compartiendo asados consumiendo ese capital invalorable, que es el de la credibilidad: a la hora de decidir, priorizan el golpe de efecto y no la esencia. Desde la grieta entre lo saludable y lo insalubre, somos testigos de una realidad que sigue doliendo, porque hay leyes para los de abajo y leyes para los de arriba.