Da lo mismo que sean las 11 de la mañana o las seis de la tarde. Hay relojes que reflejan un tiempo muerto: los miran sin ver. El entrenador medita una decisión hace como medio litro de agua… Luego gira la vista, busca en el banco de suplentes y hace un gesto. No para cualquiera, sino para uno en particular. No necesita palabras, porque su mirada tiene un mensaje claro, capaz de generar un terremoto emocional: “movete pibe”. Y el pibe, que está sentado en el extremo, interrumpe su sueño por ser alguien para abrazarse a la posibilidad de entrar a la cancha, donde podrá defenderse solo.

A pesar de los nervios, las angustias y la usina de situaciones anímicas que le harán erizar la piel, el “movete pibe” será para él una puerta gigantesca que se abrirá de forma majestuosa para invitarlo a un universo en el que lo bueno y lo malo tendrán una sonrisa parecida, y la alegría y la tristeza cotizarán igual. Si acierta en las decisiones, tendrá más amigos que Roberto Carlos; pero si falla, le van a apagar la luz para dejarlo absolutamente solo. 

El crecimiento de los pibes que se hacen profesionales en el fútbol dejará ver este instante de manera indefectible. Mil veces. Cambiarán los entornos, posiblemente las circunstancias y hasta los detalles, pero no la esencia. Las luces que pueden iluminar son las mismas que llegarán a encandilar; en el camino nadie tendrá tiempo de sentarse a enseñar algo. Las cosas ocurrirán a velocidad supersónica y los efectos se multiplicarán, para bien o para mal. Cuando el pibe esté adentro del campo, será como el boxeador al que le sacan hasta el banquito y deberá decidir cómo jugar sus cartas.

Belgrano y Talleres son iguales

Cuando el “Cuti” Romero (alias Cristian) comprobó que Belgrano y Talleres eran iguales, ya estaba corriendo solo en Villa Esquiú, renegado, masticando bronca y haciendo un tremendo esfuerzo para entender qué había pasado. En su corazón, poco quedaban de aquellas dulces polvaredas de la época en la que jugaba en San Lorenzo, cuando la felicidad empezaba y terminaba en jugar a la pelota. Un día se puso la camiseta de Belgrano y todos lo miraron: ¿conocen muchos defensores capaces de quitar una pelota, sin revolearla a la tribuna? Cuti lo hizo.

Por eso, cuando se le abrió el camino, quienes lo conocían no dudaron en afirmar: “ese chico es un crack. Ya van a ver…”. Un puñadito de partidos alcanzó para proyectarlo hasta recibir de la tribuna un veredicto sublime, riguroso, nunca gratuito: el aplauso. Lo aplaudieron la suficiente cantidad de veces certificando que había llegado para quedarse, en aquel equipo de Belgrano y en el afecto de la gente. 

Curiosamente, el Cuti fue testimonio de un fenómeno social que se da en la inestable relación de los jugadores jóvenes surgidos de un club y la gente, ese parlante de emociones extremas. Cuando llega el desencanto porque un equipo (generalmente lleno de jugadores de afuera) no arranca, desde la tribuna baja el grito atronador reclamando que “pongan a los pibes”.

“Poner a los pibes” significa cortar el crédito a los de afuera, dejar de gastar en jugadores que fracasan, volver a creer en lo propio, recuperar la autoestima y estimular el sentido de pertenencia. Porque a los chicos del club, que conocen las calles del barrio, nadie tiene que explicarles qué siente el que paga la entrada y entrega su corazón. El tema es que cuando los pibes se equivocan, o no crecen, o se confunden, la misma tribuna que pidió por ellos, los crucifica. Inexorablemente.

Romero pasó por ese túnel. Fue capitán de la Selección Nacional Sub 17 y más adelante formó parte de la Selección Nacional Sub 20. En un momento, la luz en el fondo se disipó, cayó en la confusión, su rendimiento se estancó y entró en un laberinto del que no pudo salir. Para él (y su representante), estaba para jugar en el Real Madrid; para el entrenador y los dirigentes de Belgrano, no daba el talle para jugar en Alberdi, a menos que replanteara algunas actitudes que lo llevaron a perder tiempo, energía y foco en su carrera profesional.

Mientras corría en Villa Esquiú, el Cuti sintió que Belgrano y Talleres eran iguales en ese sentido. Los pibes del club, equivocados o no, inmaduros o no, confundidos o no, perdidos o no, generalmente terminaban todos en el mismo lugar: afuera.

El otro Cuti

Rápidamente, al Cuti lo llevaron para que hiciera el pasaporte. Jovencito y sin jugar, había una historia por escribirse, como la primera página de un cuaderno nuevo, o el lunes de una semana intensa. Nadie dudaba de sus condiciones pero, tal como iba, pintaba más para fracaso antes de empezar que para otra cosa. Así como cierta vez le preguntaron a Gabriel Batistuta por qué había elegido ir a vivir a Perth, en Australia, y el goleador dijo “porque en Perth, el que está tercero en la fila está tercero en la fila”, a Cristian Romero se le presentó una oportunidad que no podía dejar pasar: debía crecer, debía cambiar, debía cruzar hacia una dimensión nueva, con otras exigencias pero también con oportunidades superiores.

Belgrano no vendió a un crack que iba a jugar en la selección; no regaló un tremendo jugador para conformarse con unos billetes. No es que le faltó pericia para encontrar el gran negocio que encerraba la carrera del chico, sino que dejó ir a un jugador con todas las condiciones para triunfar, pero que venía cruzado. Recibió por él un buen dinero y ambos siguieron sus vidas. 

En Italia, Romero fue otro. Experiencia parecida a las de Renzo Saravia, Emiliano Rigoni y hasta el Mudo Vázquez: mutaron del aplauso de la tribuna a la hostilidad sin fin, hasta que sus caminos continuaron lejos de Alberdi. Acá iban a una velocidad y allá aprendieron rápido. 

Cuando desde la AFA llamaron al celular de Romero y en Bérgamo, al norte de Italia, atendió la voz de un adulto, quedó en claro que no era el mismo chico que acá tenía el GPS configurado de otra manera, con otras licencias. 

Después, el pibe que sintió electricidad en el cuerpo cuando le pidieron que se moviera, que llevará toda su vida en el alma la música incomparable de los tapones duros en el túnel hacia la cancha y que comprendió que la vida es hoy, entró a la cancha y respondió como un león.

Fue el mejor defensor de la liga italiana. Se paró en el mismo lugar que el memorable Luis Galván (campeón del mundo del 78), ganó siempre de arriba, anticipó, pasó bien la pelota y hasta se permitió cortar un avance con lujo y todo. Interpretó con mucha calidad el arte de salir de la zona de confort de un marcador central para ir a cortar afuera, donde los espacios son otros y si falla, hay consecuencias. 

Pero lo más importante es que aprendió a convivir con el error: ahora sabe que hay equivocaciones de las que no se vuelve. En la cancha, como en la vida.