La situación que vive Talleres sintetiza, desde el fútbol, lo que sienten millones de personas en Argentina. No soportamos perder y hasta descartamos eso como una posibilidad. Ser segundos en algo ¿es un mérito o una deshonra?

Tanto nos gusta ganar y sentirnos superiores, que dejamos de aceptar que perder, o ser segundos, es una posibilidad. Café de por medio, hace una vida que discutimos si terminar como subcampeones es un mérito que merece ser destacado o bien una deshonra, porque “no nos gusta perder ni a las bolitas”. Al margen de que ningún documento periodístico certifique que alguien, alguna vez, haya querido perder jugando a las bolitas, en nuestra cultura tenemos serios problemas para darle valor a los procesos porque estamos enamorados de los resultados. En la cancha se exigen triunfos y títulos, mirando muchas veces sin dimensionar cómo un equipo llegó a una determinada situación en la que acaricia la chance de lograr un objetivo importante.

Argentina es la única patria futbolera del mundo, en la que todos los hinchas, de los diferentes clubes, creen que sus equipos deben salir campeones. Los demás, no existen. O son conos. No importan las posibilidades ni los presupuestos: no señor, lo único que sirve es salir campeones. Y así lo exigen. Tres derrotas disparan la eyección de un entrenador y dos más, la instalación de un clima de violencia en la que dejamos de vivir en paz porque sólo sirve ganar.

Está claro que en una sociedad que fermenta desencanto, las frustraciones de la gente suelen canalizarse hacia universos donde la felicidad es posible. El fútbol, por ejemplo.

Postales contrapuestas. Coleoni besa la medalla de subcampeón y Messi se la saca tras perder la final del Mundial de Brasil.

Tomemos esta situación y la ilustremos con dos ejemplos, con dos postales que proyectan mensajes que se contraponen: a) jugadores de la selección argentina sacándose con bronca la medalla del cuello, tras ser distinguidos como subcampeones en el mundial Brasil 2014; b) Gustavo Coleoni, entrenador por ese entonces de Central Córdoba de Santiago del Estero, besando la medalla que recibió luego de perder la final de la Copa Argentina con River, lo que relegó a su equipo al segundo escalón. No se trata de cuestionar a los que no se sintieron orgullosos por ser subcampeones, ni tampoco de romantizar el segundo puesto: la cuestión es ver qué capacidad tuvimos y tenemos, de darle el valor necesario a los hechos que van abriendo el camino.

Así como un futbolista tiene el derecho de la vergüenza ¿deportiva? por no haber sido campeón, el gesto del “Sapito” Coleoni fue una lección de integridad, oportuna y necesaria, en un ambiente en el que seguimos caminando hacia la cornisa porque ya es legítimo ganar, a como dé lugar. ¿Es necesario recordar que somos una sociedad de doble vara moral? Aplaudimos el gol con trampa de Maradona contra los ingleses pero condenamos la mano de un rival, en una jugada que termina en gol y nos perjudica.

Argentina es la única patria futbolera del mundo, en la que todos los hinchas, de los diferentes clubes, creen que sus equipos deben salir campeones.


El Talleres imperfecto


Recordemos algo importante ¿qué tanto nos afecta la manera en la que los demás nos perciben? Somos lo que somos, en gran medida, por la imagen que generamos y el modo en el que los demás reaccionan ante lo que nos pasa. Entonces, cabe revolver en ese cúmulo de sensaciones que es tan habitual en nuestro ADN: hay triunfos que tienen un valor altísimo, porque además del objetivo mayor alcanzado, nos permite la posibilidad de ir a hacerle burla a alguien. O al revés, hay derrotas que nos destrozan porque generan una profunda tristeza….

y habilitan a los rivales a reírse de lo que nos pasa. Eso somos. Así somos. Tratamos de anestesiar ese comportamiento pirotécnico en lo que se llama “el folclore del fútbol” cuando, en realidad, hay factores que nos emparentan más con el resentimiento y la envidia. Cuidado: también se da en otros espacios, no sólo en el siempre resbaladizo mundo del fútbol.

Hoy nos encontramos con que al mismo Talleres que se le aplaudió (y se le aplaude) su juego frontal y fue capaz de ganarle a los equipos más fuertes, ahora se lo hace objeto del peor de los juicios: ahí están cuestionando todo y a todos, aquellos que insisten en que lo único que tiene sentido en la vida es ganar, porque da vergüenza ser segundos… No vale la pena detenerse en las burlas porque en esta causa deberíamos caminar todos en la misma dirección. El planteo sería idéntico si el eje de esta nota fuera Belgrano, Instituto, Racing, Estudiantes o Sportivo.

La derrota con River causó en la “T” un impacto tremendo, porque se dio en circunstancias que hicieron doler y encendieron la luz para encontrarnos con una realidad que estaba latente. No hubo Talleres perfecto porque nunca existió y hasta jugó muy mal justamente el partido en el que debía mostrar credenciales. Ya había perdido aceite en otras presentaciones cruciales que lo fueron debilitando en la tabla y llegó al cruce con River sin margen de error. 

Podemos hablar un rato largo de lo futbolístico y hasta desde un concepto tan complejo como la jerarquía, posiblemente el elemento que hizo la mayor diferencia. Pero la historia sigue. Imperfecta y todo, esperando que aprendamos a ver la dignidad de lo que se hace, para sostener los proyectos que nos llevan a crecer.