No dejemos que el odio le gane a la humanidad.

¿De verdad llegamos al punto de celebrar la muerte de alguien? Llevo varios días pensando en esta pregunta y sintiendo la necesidad de escribir sobre ello. Podemos mencionar decenas de ejemplos para responder ese interrogante, pero creo que con dos casos, obviamente opuestos para que nadie se me enoje y disfrute cuando me pase algo malo, puedo dejar en claro la idea.

En apenas algunas semanas, se cumplieron 10 años del fallecimiento del expresidente Néstor Kirchner y murió uno de los comunicadores más importantes de la historia argentina, Mario Pereyra. Dos personalidades ideológicamente opuestas, intensas y defensoras de sus pensamientos. Polémicos, claro, pero personas al fin.

Y, aunque en ambos momentos hubo miles de mensajes de dolor, agradecimiento y reconocimiento en las redes sociales, me llamó la atención la cantidad de comentarios despectivos, celebrando la muerte, expresando alivio porque haya “uno menos”. Todo simplemente por pensar diferente.

¿En qué momento perdimos el respeto por el otro? ¿Cuándo fue que el odio le ganó a la humanidad? ¿Ni siquiera tienen miedo que les vuelva en contra?

Quizás es un buen punto para retomar unas palabras del último discurso de José “Pepe” Mujica, expresidente de Uruguay, con quien no coincido en todo pero respeto por haber vivido según sus convicciones.

Yo tengo mi buena cantidad de defectos; soy pasional, pero en mi jardín hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, nos hace perder objetividad frente a las cosas”, sostuvo al renunciar a su banca como senador.

En esas palabras resumió todo lo que siento en este momento. Quizás porque diferentes situaciones de mi vida me llevaron a entender y respetar la diversidad, que el otro piense distinto. A diferencia del amor que construye, el odio nos fanatiza, nos hace bobos y nos dificulta nuestra capacidad de comunidad, que es la que nos diferencia de los animales salvajes.

Pensar diferente no tiene que ser motivo de desprecio, de menospreciar al otro y mirarlo de forma despectiva. Muchísimo menos de desearle la muerte a nadie ni celebrarla. No existe una única verdad, no tenemos las certezas absolutas. Somos el resultado de un conjunto de experiencias que son diferentes a las del resto.

Para cerrar, voy a tomar otra idea que escuche en algún momento de mi vida, aunque no puedo recordar de quién ni en donde. Si tenemos dos oídos y una sola boca, debe ser para que escuchemos más y hablemos menos. Del que piensa diferente, del que vivió experiencias distintas, del que recorrió otros caminos, siempre, pero siempre, se puede aprender algo nuevo.