La Argentina logra superar crisis tras crisis gracias a un capital humano que parece resistirlo todo ¿Podrá también soportar lo que quedé después de la pandemia?

La Argentina transita desde hace muchos años (le dejo a usted el cálculo de cuántos) una senda casi perversa de maltrato a su gente más valiosa.

Vivimos en un país, no el único por cierto, que castiga en forma incesante a la minoría que lo mantiene aún activo, pese a la interminable sucesión de crisis de las que salimos una y otra vez gracias a la fuerza de ese poderoso capital humano.

Este es un país que le pega a diario, y con métodos que renueva con alta creatividad, a los que cumplen de pie y sin desmayo aquel mandato que prometieron en el cuarto grado de la escuela y aún siguen honrando hasta sus últimos días.

La Argentina es un país con miedo, que piensa rápido en ayudar a los victimarios para que no la lastimen, pero no protege a las víctimas, porque son incapaces de hacerle daño. No entiende que debe cuidarlos porque son los únicos que sostienen la dignidad del trabajo y el esfuerzo, pilares que necesita toda nación para su progreso.

Este país maltrata a esos valiosos patriotas que se levantan de madrugada para ir a trabajar todo un día y temen ser sorprendidos por asaltantes en la parada del colectivo, territorio oscuro donde hasta un celular sin Whatsapp puede costarte la vida.

Vivimos en un país solidario, es cierto y está bien que así lo sea, que ofrece con celeridad todo tipo de planes, subsidios y aportes en ayuda del que cayó en desgracia porque no pudo más o ya no supo cómo seguir, pero al mismo tiempo castiga con severidad al que le mete 15 horas por día de laburo y no le alcanza ni para pagarse gustos como una salida en familia o unas vacaciones, y ni que hablar a un contador para que le haga la declaración jurada de monotributista.

¿Monotributista? Si, es la forma en que se denomina a millones de argentinos que trabajan en negro, pero aparecen en blanco para el Estado, para ese mismo Estado que asfixia tanto a los empleadores que los obliga a evitar compromisos laborales y, por eso, toman a trabajadores con capacidad de hacerles una factura a cambio de sus haberes.

Toda gente valiosa. Millones, a los que un país ha dejado a merced de sus propias virtudes y suerte. Son los mismos que, como premio a tantos años de esfuerzo, van a cobrar una jubilación paupérrima, a la que gobierno tras gobierno mete mano en forma incesante porque no encuentra otra manera de conseguir fondos para costear el enorme déficit fiscal, engrosado con el enorme gasto de un aparato cada vez más ineficiente que no es capaz de ofrecer la educación, la salud y los servicios de calidad que la dignidad de la mayoría de su gente merece, no sólo por su integridad sino por lo que paga para ello, en muchos casos más de la mitad de todo lo que obtienen con su trabajo.

La Argentina es un país que todo el tiempo le manda mensajes desalentadores al que da empleo, desde el tipo que logró montar una empresita y tiene un puñado de efectivos hasta el empresario que se animó a montar una fuente laboral para cientos. Ellos tienen siempre la espada de Damocles sobre sus cabezas. Viven amenazados con más impuestos, con castigos si se atrasan, con la posibilidad de ser embargados y ahora hasta con el fantasma de ser intervenidos y hasta privatizados.

Y no es el caso de la irresponsabilidad de algunos gigantes como Vicentín, sino de miles de audaces que aún sostienen la principal fuente de trabajo del país, que son la Pyme, las que jamás consiguen ayudas extraordinarias como esos créditos tan millonarios como blandos que la historia reserva para esos pocos.

La Argentina es un país con alto grado de hipocresía, que se llena de orgullo al exclamar que ofrece educación universitaria libre y gratuita, pero le ha quitado varios peldaños a la escalera de cientos de miles de jóvenes que jamás podrán llegar a ese nivel porque antes tienen que ayudar a sus familias con el aporte de su trabajo.

Entre ellos, muchos encuentran en el narcomenudeo una salida tan rentable como tentadora, ya que supera ampliamente las migajas que el sistema está dispuesto a pagarles como principiantes o pasantes cuando no tienen formación o ya fueron empujados al callejón de los antecedentes. Huelgan los comentarios sobre el futuro que se compran al tomar ese camino.

Los otros, los que logran completar una carrera con esfuerzo de años y que tantas veces alcanzan entre estudio y trabajo, obtienen un título por el que luego no percibirán lo que vale, lo que los lleva a ocuparse de cualquier cosa o, lo que es peor, los empuja a buscar otros horizontes en el destierro.

La Argentina es un país increíble; aquí maltratan al personal de la salud que le mete el pecho y las balas a la pandemia. Les ponen cartelitos amenazadores en los ascensores y los miran con cara fea a los que se exponen a diario a un contagio que, cuanto no a la muerte, los expone a mantenerse alejados de sus familiares al menos una quincena.

La Argentina parece un país incurable. Una manga de ineptos rompe los silobolsas a los tipos que más aportan impuestos para que salgamos de la crisis, pero nadie los castiga. Ni siquiera los descubren. Actúan con la impunidad de un sector con poder que los protege y hasta los alienta.

En ese contexto, me persiguen dos preguntas: ¿Podrán esos que siempre ponen la otra mejilla aguantar lo que quede después de la pandemia? ¿Tiene futuro un país que le pega tanto a su gente más valiosa?