El lenguaje inclusivo no es una estupidez. Aunque lo utilizan miles de personas que lo usan sin saberlo, la intención de instalarlo forma parte de un objetivo concreto y bien orquestado por quienes de estúpidos no tienen nada.

Mientras los más sensatos se siguen preguntando cómo es posible que alguien en sus cabales sea capaz de decir argentinos y argentinas cuando con una sola palabra les alcanza y sobra para referirse al universo de los nacidos o nacionalizados en este país, los que repiten hasta el cansancio la fórmula, hablan de “querides”, “vecines”, “compañeres”, “alumnes” o escriben “todxs”, “nosotrxs”, etcétera, instalan un escenario donde lo que se dice pasa a ser más importante que lo que se piensa y lo que se hace.

Me ha tocado ser periodista y no “periodisto”, como a otros les dio en suerte ser analistas y no “analistos”, o anestesistas y no “anestesistos”, o electricistas y no “electricistos”. Puedo seguir con mil ejemplos sólo para demostrar que muchas profesiones terminadas en “a” no requieren por ello de un equivalente terminado en “o” para que los masculinos que las llevan adelante no se sientan discriminados.

En una columna publicada este domingo en Perfil, el escritor y periodista Sergio Sinay advierte que el lenguaje inclusivo permite “simular, a través de un lenguaje excluyente, que expulsa palabras, vocales, nociones y conceptos, la verdadera igualdad y equidad que no se generan a través de políticas y conductas”.

En efecto, la realidad es muy distinta al relato. Millones de argentinas que deberían sentirse incluidas porque en el discurso las nombran junto a los argentinos, en la realidad están excluidas porque el sistema no ha sido capaz de darle respuestas a sus demandas y siguen siendo víctimas de violencia de género, sufren discriminación en el trabajo y soportan a diario injusticias y desigualdades que ni el más complejo lenguaje inclusivo les puede ayudar a soportar. Ellas no quieren que las incluyan en una palabra, esperan ser incluidas en el mundo real.

El mismo Sinay recuerda en su columna que en 1984, la genial novela de George Orwell, metáfora de la más cruel y perfecta dictadura, el gobierno autoritario crea una “neolengua”. Es justamente Orwell en su apéndice quien explica que la intención de esa “neolengua” era “imposibilitar otras formas de pensamiento”, lo que “se conseguía inventando nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes de cualquier significado heterodoxo y, de ser posible, de cualquier significado secundario”.

Así las cosas, el receptor del mensaje se convierte en una persona incapaz de codificar e interpretar a su manera lo que le dicen y pasa a entender precisamente lo que el emisor quiere que entienda. Eliminada esa capacidad crítica del individuo para decodificar y formar su propia opinión, se queda sin ella, ya no opina, obedece o, en el mejor de los casos, se resigna.

Así, se crea un contexto ideal para que quien tiene el poder lo mantenga en forma indefinida, toda vez que su relato, incuestionable, cobra más importancia que la vivencia. 

Por ello, el lenguaje inclusivo no es una estupidez, es una herramienta muy inteligente para extirpar la capacidad de pensamiento crítico.

Para decirlo con un ejemplo simple: te cambian el asado, que termina con “o”, por la polenta, que termina con “a” y no te diste cuenta, total es para todos, todas, “todes” y “todxs”.