A los clubes de Córdoba se les complica la vida cuando deben administrar la confianza: se descree de todo lo que es “de acá” y se abren los créditos para los que llegan desde afuera. En ese contexto, el ejemplo de Racing de Nueva Italia movió todas las estanterías: con gente nuestra, hizo una revolución.

Los entrenadores de Córdoba no logran romper el estigma que condiciona de manera definitiva a los jugadores: ser “de acá” es sinónimo de capacidad limitada, vicios incurables y falta de preparación. Desde Rosario, parece que la vida se ve diferente, y si llegamos a Buenos Aires encontramos a cientos de miles de personajes que juran tener el teléfono de Dios.

La experiencia aporta datos para que así sea, tal como decía un reconocido preparador físico al evaluar estas cosas: “en Buenos Aires, tenés que decir las cosas una vez; en Rosario, tres; en Córdoba, diez”.
De todos modos, no es una cuestión de geografía, ni de subestimar el nivel profesional en la formación y en la acción. Así como hay cordobeses de excelente nivel, tenemos que hacernos cargo de otros que no evolucionaron; hay gente de Buenos Aires (o de Rosario) que eleva la vara permanentemente y otra que se ampara en la tonada acelerada para exhibirse como producto confiable, que en Córdoba se consume sin necesidad de ver la garantía.

Podemos hacer una enumeración interminable de entrenadores (y jugadores) que llegaron con tonada ajena y resultaron fracasos rotundos, de la misma manera en que muchos de los últimos grandes referentes e ídolos de nuestros clubes, son muchachos que no crecieron acá y lideraron procesos que la gente no olvidará.

O sea, no se trata de aplaudir todo lo cordobés sólo porque es cordobés, ni de denostar a lo que llega desde afuera únicamente porque es de afuera. La cuestión es por qué nos cuesta tanto creer y confiar en nuestros jugadores y en nuestros entrenadores, y por qué las oportunidades que se les niegan a unos muchas veces se les presentan a otros que llegan sin antecedentes, pero merecen el apoyo sin credencial alguna para mostrar.
¿Lo ilustramos? El Racing de Hernán Medina juega con una idea simple, que algunos científicos del fútbol moderno embarullan sólo para justificar su trabajo. Uno que abre la cancha por la derecha; otro por la izquierda; un 9 posicional para pivotear; un delantero alterno para las diagonales; un 5 con visión de juego y voz de mando; laterales con licencia para ser delanteros; centrales expeditivos; un arquero que hace simple las difíciles… A esa idea central, la alimentó con matices para imaginar las soluciones desde el compromiso con la pelota. No es que Nueva Italia se llenó de drones o en la cancha repartieron cientos de conitos, elementos que pueden sumar al desarrollo pero primero y antes que nada, está el jugador

Cuando este Racing que enamoró con su juego había metido una docena de buenos partidos, a Medina lo llamaron desde Alberdi. Preguntas retóricas: ¿no tenían el celu antes? ¿nadie vio jugar a los punteros de Racing? Tranquilos: no se los van a cruzar frente al Obelisco, sino que para verlos hay que llenarse los pies con tierra. En los partidos de la liga siguen apareciendo jugadores que piden una chance más arriba.

Manuel Liendo, producto genuino de la cantera de Instituto (Foto gentileza La Voz del Interior).


Sin confianza ni espalda

Hace unos días, ya en el cierre de la temporada, Instituto jugó en Alta Córdoba por última vez en este campeonato mostrando lo que tiene (y lo que no tiene) ante un juez implacable: su propio público. Ni que fuera una pareja real: sin amor, los gestos del final no son suficientes para salvar una relación que encontró lealtad incondicional del lado de afuera y muy poco del lado de adentro. No alcanzó… Por eso, media hora larga de un fútbol hermoso de Instituto no resultó antídoto suficiente para ganar o, al menos, para moderar la sentencia que la gente tenía atragantada: que se vayan todos, que no quede ni uno solo. Esas tribunas repletas, que nunca se apagaron a pesar del frío y la lluvia, dejaron en claro que 15 años en la B ya son recontrasuficientes. Y hace rato que es hora de pensar mejor las estrategias: llegan jugadores de dudosa capacidad, que postergan a los que surgen del propio club y meses después se van dejando sólo deudas. 

Se dio allí una curiosidad, que aporta material para esta columna: una de las figuras fue el chico Manuel Liendo, un producto genuino de la factoría gloriosa. Hizo un lindo gol y por momentos entusiasmó con sus movimientos. Sin embargo, los mismos tipos que en la tribuna gritaban “que jueguen los pibes”, cuando esos pibes dan dos pases mal los insultan y les dan crédito a los que son foráneos de La Agustina.

Sabemos que el fútbol es el arte de los sabios a posteriori. Con el “diario del lunes”, brotan los genios como por arte de magia. Hoy, lo que le pasa a Instituto es la mejor editorial para el fútbol de Córdoba: resulta difícil definir en quién confiar porque el resultadismo nos mueve los factores. Apostó a entrenadores de Córdoba (César Zabala y Mauricio Caranta, por ejemplo) y los resultados no fueron buenos; pero tampoco lo fueron los procesos de Marcelo Vázquez, Darío Franco y tantos otros…. Ahora, en el banco, están Miliki Jiménez y Claudio Sarría: ¿les da la nafta para que los confirmen? ¿La gente los va a apoyar o si no hablan en porteño son menos creíbles? A ambos, les corresponde un defecto que también es virtud: “son de acá”, con lo bueno y lo malo que eso implica. Por lo pronto, corresponde decir que con ellos dirigiendo, el equipo mejoró mucho.

La aparición de Hernán Medina (en Racing), Guillermo Farré (Belgrano) y el Cacique Medina (en Talleres) deja en claro que no hay verdades absolutas. ¿Qué experiencia tenía Hernán Medina hace un año? ¿Y Farré? ¿Quién conocía al Cacique? Mientras tanto, la maldita cultura del resultado a ultranza nos come el cerebro. El camino hacia lo profesional sigue estando distante, no tan lejos pero tampoco cerca. Creemos merecer una realidad mejor sin tener en claro cómo darle forma.