La importancia del fútbol como negocio y como marcador del humor social en el contexto de la pandemia, en la pluma de Eduardo Eschoyez.

¡¡Qué me vienen a hablar de distancia social!! No cabía un alma en esa tribuna. Ni un barbijo, había… Flotaba mucho “olor a segundo tiempo” y no se sabía de quién era porque la “negrada” quería estar ahí, apretada, compartiendo sudores y ansiedades. Era el precio que se pagaba (con mucho placer) para ver la cara de los jugadores, escuchar sus voces y enamorarse con la inigualable melodía que la pelota componía al acariciar el pasto.

Belgrano y Talleres habían salido a la cancha para elevar a Alberdi a la condición de templo sagrado. Hervía. Allí convivían la picardía, el canto lleno de poesía y creatividad, el apodo certero y la rivalidad, que se vivía con mucha pasión pero nunca mutaba hacia la enemistad. En un instante, el árbitro marcó falta para Talleres, pegadito a esa tribuna donde miles de leones piratas se abrazaban al alambrado. Al tranquito, melena al viento y ojitos llenos de potrero, el Hacha Ludueña se arrimó dejando ver sus botines lustrados y las medias a media canilla, mientras llovían “las dedicatorias”. Él buscaba el pastito más lindo para acomodar esa pelota perfectamente blanca cuando, desde lo alto de la tribuna, alguien le tiró una mandarina sin preguntarle si había comido postre. Negro vivo y atento, el Hacha la vio venir y la paró de pecho.

Después se agachó, la peló y se la comió. Nada de echarle alcohol diluido en agua por el Covid. No se tiró al piso, no fingió que le había pegado una piña Mike Tyson, ni mucho menos le pidió al árbitro que amonestara a alguien. El Hacha no era vigilante. Se bancó el mandarinazo y el partido siguió.

Los hinchas de Belgrano, con los ojos abiertos como el dos de oro por lo que habían visto, diluyeron las últimas palabrotas hacia él y se dieron vuelta con fastidio para ver quién había sido el pavote que le tiró la mandarina. Y, como corresponde, desde una humana y futbolera resignación, premiaron semejante gesto de grandeza del “8” de Talleres con un aplauso sincero, conmovedor… Tan conmovedor, como sólo es capaz de producir el reconocimiento de un adversario en un campo de fútbol.

Los tiempos cambian

El negocio a ultranza, la voracidad por convertir en billetes todo lo que se mueve en torno al espectáculo del fútbol y la desesperación por la continuidad del espectáculo, fueron comiéndose esa postal en sepia ilustrada con la anécdota del Hacha Ludueña, hasta dejarlo famélico en su esencia. Los tiempos cambian pero, en este escenario, el contraste es rotundo.

No vayamos muy lejos: hoy, es absolutamente imposible que un jugador sea agredido y el mismo protagonista (lastimado o no) le reste trascendencia. No tendría por qué hacerlo, lo aclaremos. El objetivo del razonamiento es tomar la foto que nos hace suspirar (de puro romántico que somos) y acomodarnos a estos tiempos, en el que la vergüenza deportiva, la honestidad y la rivalidad, construyen sus ejes desde lugares muy diferentes porque se impone la necesidad de seguir en movimiento. Las palabras no cambiaron tanto, pero algunos significados y el contexto, sí.

Se sabe, el fútbol profesional es una industria superavitaria y genera millonarios. ¿Quién se atreve a establecer dogmas desde la integridad y la nobleza? El deporte, en general, y el fútbol, en particular, no terminan de establecer un punto de apoyo en este escenario de crisis sanitaria porque la tendencia es sostener la actividad flexibilizando lo que haya que flexibilizar, aunque caigamos, una vez más, en el país del gris en el que la “joda” no se detiene aunque los hospitales no den abasto. Aulas cerradas, pero canchas abiertas. Abuelos que mueren en soledad al mismo tiempo en el que los jugadores se abrazan, se empujan e improvisan exámenes de próstata en las áreas de la cancha, cuando se viene el centro. Emergencia nacional, pero con el fútbol destacado en las carteleras.

El fútbol es mucho más que 22 tipos pendientes de una pelota. Hay una compleja estructura supeditada a los partidos, y tiene consecuencias en muchos frentes. Uno de ellos es el del humor social: siempre es preferible que la gente discuta por un penal o por el VAR, que por la angustia de ir al supermercado con el mismo dinero del mes pasado y meter cada vez menos cosas en el carrito…

Desde las esferas del poder, nadie tiene la birome lo suficientemente grande como para firmar (y reconocer) que es el Estado el primer factor en la decisión de evitar que el fútbol se pare. O no conviene que lo haga. Los clubes, desde el abanico de (in)capacidades económicas y logísticas de cada uno, asumieron el compromiso de jugar incluso si la infección alcanza a todo el equipo. Llegado el caso, hasta el presidente se pone los pantalones cortos y sale a la cancha… La ecuación es simple: el fútbol vive, late, se reproduce y se retroalimenta desde la difusión televisiva. Y reparte mucho dinero a cambio de poner en la pantalla el análisis táctico sobre cómo defiende el 3 de la reserva de Flandria. Ya no importa si hay gente en las tribunas: se venden más pilas para los controles remotos, que maní y mandarinas en las canchas. Si hay fútbol, hay televisión; entonces, hay televisión por cable y cientos de miles de hinchas que lo pagan para ver a Talleres, Belgrano, Instituto y Estudiantes, aunque tengan que “fumarse” a Arsenal, Tristán Suárez y Riestra, o en las pausas nos muestren lo importante que es inaugurar una canilla en un pueblito de La Pampa.

Es cierto, hubo una actitud de relajamiento general en todos los ámbitos pero, en el fútbol, hay ostentación de lo que no se debe hacer porque ¿total? nadie lo va a parar…

Barbijos, go home

Juguemos con la imaginación, pensando en un fútbol aséptico en tiempos de crisis sanitaria. O sea, que se jueguen los partidos respetando el distanciamiento social: sin montoneras, besos, palmaditas ni contacto físico, con mucha gente en las tribunas respetando los protocolos. Sigamos suponiendo: los jugadores deberían tener su propia botellita de agua y, por supuesto, ¡usar barbijo! Si esto fuera real, no sería posible de ver lo que le pasó hace unos años a Rodolfo Graieb, aquel defensor surgido en Las Flores, que jugó en Talleres, Huracán y Lanús. Contado por el mismo “Rodo”: “un día vine a Córdoba a jugar con Lanús contra Instituto. Hay un saque para nosotros y me acerco al alambrado a buscar la pelota… Un tipo me miró y me dijo ‘Graieb, devolvele la cara al perro’ “. ¿Ven? Si hubiera usado barbijo, eso no hubiera sido posible.

Mientras tanto, que la pelota no se manche. Siga, siga…