Cómo se vive en el país más afectado por la pandemia de coronavirus y lo que podría quedar como saldo positivo después de tanta angustia y tristeza.

Por Larisa Londero (Desde Marche, Italia).

 

A diez días de la Italia roja, la cuarentena se siente y se hace rutinaria en las calles vacías de sus ciudades. Los pocos vehículos que circulan son aquellos del correo, del comercio por Internet y del transporte de mercadería. Sus conductores portan siempre un barbijo de protección. Al igual que los choferes del transporte público, que ronda con menos frecuencia y casi vacío. 

El silencio es protagonista en las calles italianas, un silencio incómodo. Los pocos que rondan, todos con barbijo, son quienes se encargan de las reposiciones de alimentos para cada familia, grupo que contiene dos tipos de personas: los que realizan una compra chica todos los días como excusa para salir de casa, al menos por media hora, y quienes realizan una gran compra para abastecerse por varias semanas. Todos obligados a circular a metros de distancia, a esperar en fila respetando el espacio de seguridad y a esperar el tiempo en el que la cantidad de personas habilitadas para cada negocio realiza sus compras. Dependiendo del lugar, hacer una cola de estas puede suponer una buena hora de espera. 

Lo mismo les sucede en los bancos a quienes necesitan retirar algún dinero, actividad que se acrecentó por el descreimiento a la economía nacional y a la preocupación por la estabilidad bancaria.  

Las leyes de prevención civil se respetan, ya que la Policía ronda las calles exigiendo el cumplimento de las medidas, pidiendo documentación para saber el origen de las personas y la certificación mediante la cual justifican que la salida es de necesidad básica: para hacer las compras o para ir al trabajo. Y, en el caso de incumplimiento, supone grandes multas o incluso penalidades de reclusión penitenciaria. 

Hasta hace poco, una opción para tomar aire era salir para hacer ejercicio pero, luego de grandes discusiones sociales sobre la necesidad de esta escapada, se sancionó un nuevo decreto que solo permite realizar esta actividad en la inmediatez del domicilio, es decir en el espacio verde más próximo. De todos modos, quienes lo intentan suelen ser interrumpidos por un móvil policial que les aconseja regresar a casa por el bien común.

La única manera de evitar estos controles es llevar a pasear un perro, que funciona casi como escudo para que, desde lejos, se entienda el propósito de la salida. Prestados e,  incluso, dicen las malas lenguas, hasta alquilados con el mismo fin, los amigos de cuatro patas estas semanas han paseado más de lo común, aunque ahora también se ven obligados a recorrer solo el espacio próximo a la manzana de su hogar.

Los pocos negocios autorizados, aquellos de primera necesidad, como los de alimentos, abren desde la mañana hasta las 18. Si alguno se atreve a permanecer abierto, aunque sólo sea 5 minutos más, puede quedar clausurado, como el caso de algunas pizzerías o bares que, quizás por la desesperación de la baja de ventas, o la distracción, osaron permanecer abiertos apenas pasadas de las seis de la tarde y sufrieron las consecuencias.

En estos lugares los policías rondan rutinariamente para controlar que se cumpla el límite de la cantidad de gente que pueden recibir, que depende del espacio físico de cada lugar.

También controlan que, dentro, los clientes respeten el espacio de un metro entre sí y que el personal de atención al público cuente con los elementos de protección necesarios, como guantes de látex y barbijo. Muchos de estos negocios ofrecen como alternativa el servicio de entrega a domicilio, mediante el cual uno de sus empleados acerca la mercadería a casa, siguiendo la modalidad de dejar el paquete manteniendo la distancia con el cliente y sin realizar contacto físico. 

Lo que se debe evitar, sobre todas las cosas, es la reunión de personas. Cuando sucede, casi instantáneamente llega la policía para interrumpirla, generalmente como respuesta a la denuncia de un vecino. Dentro de esta prohibición se incluyen los funerales, que no se repitieron luego de que una familia siciliana fuera multada por reunir a demasiadas personas en una procesión para despedir a un ser querido.

Tristeza y angustia

Italia muestra hoy un cuadro de ciudades fantasmas, de calles vacías, de sigilo y mutismo general, de pocos transeúntes a quienes no se les percibe el rostro por los notorios barbijos que portan. Se mueven con mucha cautela, esquivando el contacto con los demás. Son sobrevivientes desesperados que corren a comprar cuando se repone una caja de desinfectantes y están dispuestos a pagar lo que sea necesario por ellos.

En ese contexto  sin precedentes, parece que estamos encerrados en una película de terror donde el enemigo ni siquiera es visible a los ojos. Podría estar en todas partes, esconderse en el cuerpo de las personas que más frecuentamos o esperarnos en alguna manija para atacarnos desprevenidos. Justamente por eso es que crece tanto y nos hace tan vulnerables, porque no lo vemos ni podemos saber por dónde nos puede atacar.

El panorama es tan ficcional que parece un capítulo de las series de pandemias o ataques zombies que, irónicamente, son las más vistas en este momento en Netflix Italia, y son las sugeridas por esa empresa de entretenimiento, una de las recreaciones favoritas de los millones de ciudadanos italianos que hoy se encuentran a puertas cerradas.

Las imágenes de enfermeros y doctores que lloran desesperados luego de turnos interminables en la lucha por salvar al prójimo, con recursos insuficientes y rostros irritados por los equipos para aislarse del contagio, conmueven hasta las lágrimas.

Las víctimas a quienes les llega la hora ni siquiera pueden saludar a sus familiares por la exclusión preventiva, y parten en la más cruel soledad.

El escenario de angustia llegó al extremo cuando vimos pasar los camiones militares con cientos de cadáveres porque los cementerios ya no tienen espacio ni salas crematorias con disponibilidad.

La sensación de incertidumbre, la indigestión de tanta ansiedad y las noticias que pintan de rojo los números de la economía, tras contar en alza la inmensa cantidad de contagiados y decesos, pronostican una crisis dolorosa para una nación que lucha por resistir apelando a la unión y al sentido moral de sus ciudadanos.

Son momentos que ningún italiano olvidará y que serán parte de la historia mundial, un paréntesis negro y extremadamente triste.

En el refugio del hogar

Ahora, más conscientes que antes, los unos a los otros se piden permanecer en casa y se cuestionan entre sí la necesidad de cada salida. Las rutinas pueden variar, pero incluyen más o menos los mismos condimentos para todas las familias o grupos domiciliarios.

El trabajo desde casa, en las nuevas oficinas improvisadas en salones, escritorios y cocinas. Algunos con los hijos corriendo alrededor, otros disfrutando de algún mimo, de las manos cocineras de algún compañero de hogar y otros realizando videollamadas en camisa y corbata de la mitad del cuerpo hacia la cabeza y pijama y pantuflas de caderas hacia abajo. Así se vive hoy en Italia.

Al menos muchos encuentran en este encierro la excusa para realizar todas esas cosas que uno deja para después cuando se sumerge en la vorágine cotidiana. Esa gran lista que incluye realizar una limpieza general de la casa, ordenar, cocinar aquellas históricas recetas de familia, vaciar la memoria del celular, realizar rituales de belleza, actualizar el currículum, entre tantas otras que sirven para distraerse y pasar el tiempo.

También es una buena ocasión para amar y difundir amor, para entender la importancia de tantas cosas que damos por descontadas y que un día pueden no estar y, así, surgen nuevas formas de expresar sentimientos: vemos a hijos saludar a sus padres por las ventanas, nietos que intercambian gestos y sonrisas con sus abuelos a través de una videollamada; en fin, estrategias para decir “te quiero”.

A modo de recreo comunitario, hay vecinos que coinciden a la misma hora todas las tardes para cantar, bailar y jugar juntos a través de los balcones, porque así parece más llevadero.

Hay gestos solidarios que dejan caer una lágrima a los que son sorprendidos por quienes les donan un plato de comida o les regalan algún aparato tecnológico para permitirles la comunicación. Incluso, hay quienes aportan dinero, alojamiento y todo lo que pueden para ayudar a los hospitales y a su personal. Este tipo de actitudes generan empatía y transmiten optimismo.

Quizás era eso lo que, como al coronavirus, no podíamos ver. Quizás este enemigo invisible nos enseñe, a fuerza de tanta pena, a ser mejores personas, a pensar en el otro, ese que se puede contagiar y hasta morir si no colaboramos todos.