Primero se anunció la falsa muerte de Carlos Timoteo Griguol y, apenas dos horas más tarde, algunos hicieron lo mismo con Cacho Fontana, quien salió a desmentir públicamente la desafortunada versión. Una vergüenza que deja una cicatriz imborrable.

Este lunes fue un día vergonzoso en la historia de los medios Argentinos. Vergüenza propia y ajena. Quien esto escribe cayó en la primera trampa, y tiene la obligación moral de admitir el error.

Inmerso en el ritmo frenético de la redacción, donde todo el tiempo se vive la adrenalina de informar primero, en una competencia que tal vez tenga más sentido para adentro que para afuera, advertimos primero la alerta en las redes que aseguraba el deceso de un ídolo del fútbol. Chequeamos entonces los otros medios y, con la velocidad con que caen las hojas de un árbol en un día de otoño ventoso, las principales páginas nacionales comenzaron a confirmar la especie. “Si lo dicen ellos, entonces es cierto”, pensamos. Allí nació el error. No era cierto. Cientos de portales, radios y canales de televisión, digamos casi todos, tuvimos que admitirlo: nos equivocamos, y feo.

Levantamos todas las noticias, borramos lo publicado en redes y pedimos disculpas a la familia de Carlos Timoteo Griguol, los damnificados con el tristísimo episodio que deja una cicatriz imborrable en la historia de la comunicación argentina.

En ese primer y lamentable capítulo, cuya mácula será imposible de borrar, estamos casi todos involucrados. Nosotros también.

Pero hubo más. Apenas dos horas después circuló una versión similar, pero esta vez con Cacho Fontana como protagonista. La mayoría de los comunicadores, editores y medios decidimos no volver a cometer el mismo error. Mejor esperar. La lección ya había sido dada y era en extremo reciente. Y se hizo bien.

No obstante, hubo muchos comunicadores que volvieron a ensuciar sus redes con una mentira y una decena de medios que, sin escarmentar, lo estamparon en las home de sus portales.

El propio Fontana, con simpatía y más paciencia de la que se merecían quienes difundieron la falacia, salió a desmentir por las radios la versión.

Desde la angustia que produce haber fallado, sin pedir atenuantes por haberlo hecho en conjunto, convocamos a los medios y comunicadores a parar la pelota y reflexionar sobre si una primicia vale la pena ante el riesgo de provocar el daño que ocasionan errores de esta naturaleza.

La carrera por tenerlo antes debe detener su ritmo, es preferible ganar en calidad y certeza que quedar expuestos y derramar buena parte de nuestra credibilidad.

De nuestra parte, aprendimos que no importa que lo digan todos, lo esencial es que lo digan sólo aquellos que deben decirlo.