El empate 0-0 contra Sporting Cristal, en Perú, sumado al triunfo de Flamengo contra Universidad Católica de Chile, impulsó la clasificación de la “T” a octavos de final de la Copa Libertadores. ¿Qué valoración debe hacerse? ¿Debemos reducir la mirada a lo emotivo o es hay licencia para revisar su nivel de juego?

Si hoy hablamos de temas futbolísticos finitos, asumimos el riesgo de estar desenfocados de lo más valioso: Talleres se clasificó para los octavos de final de la Copa Libertadores. No solo es importante por tratarse de la primera vez que lo hace, sino porque la instancia deportiva en sí misma ya es digna de aplauso porque está entre los 16 equipos que discutirán el trofeo, mientras que quedaron afuera muchos clubes de rica historia continental.

¿Solo vale lo emotivo? Las sensaciones que vivió en las últimas horas fueron tan intensas que pasarán varios días hasta que el mundo albiazul acomode las emociones desordenadas y se anime a revisar lo futbolístico con algo de rigor.

Las herramientas que llevó a Lima y había presentado en los partidos anteriores resultaron suficientes para avanzar. Es decir, fútbol austero, mucha hombría, espíritu de sacrificio y actuaciones individuales capaces de sostener al resto. En un contexto simplificado por la floja oposición de Universidad Católica y Sporting Cristal, Talleres siguió la huella de Flamengo, al que logró sacarle un empate en casa. Resultados a la vista, hay un margen para festejar: se ganó el “campeonato chico” que definía a un clasificado atrás de los brasileros.

La resistencia

Por supuesto, imponer lo emotivo por encima de otra valoración es peligroso, porque hay factores que no deben quedar en la nebulosa de la celebración. Cerrar el radar no ayuda a crecer, porque condiciona la perspectiva para reducirla a lo que queremos ver.  

Concedido el derecho a festejar la clasificación, la situación de Talleres presenta la necesidad de analizar qué pasó y cómo. Se les ganó la pulseada a dos equipos de respetable recorrido copero y eso no es poca cosa. Más allá de los resultados, se potenciaron las fortalezas y minimizaron las debilidades para hacer lo que debía (y lo que podía).

Entonces, asoma el punto más alto en la evaluación: Pedro Caixinha dejó en claro que Talleres quiso jugar. Siempre. De local y de visitante. Apostó por esquemas que hicieran sentir cómodos a sus jugadores y trabajó las tácticas pensando en ganar, con juego, con nobleza, aprovechando los espacios y respetando la pelota. Como generalmente el equipo no pudo consolidarse en esa línea, don Pedro sacó en Lima una credencial que testimonia su madurez y flexibilidad, porque aceptó que las limitaciones eran determinantes y estaban socavando cualquier expectativa de alcanzar el objetivo. No se ató al rigor de una idea inicial: los hechos demostraban que las circunstancias eran otras y había que actuar rápido.

¿De qué servía ser lírico si los jugadores no daban tres pases bien, o si el equipo perdía la pelota rápido? El mismo Talleres que quiso ganar con fútbol, fue mutando para reinventarse como un equipo combativo, de resistencia, pertrechado en su área, con una meta más modesta: en vez de ganar, pensó en no perder para sostenerse en la tabla.

Ahí radicó el acierto mayúsculo: no se le cayó nada a Talleres por retroceder y defenderse. Aceptó su condición, acelerada por la expulsión del uruguayo Michael Santos, y propuso un juego de músculo. Es cierto, muy lejos de la esencia futbolística de los colores, el paladar de la tribuna y la sensibilidad de sus jugadores más representativos. Pero había que luchar y se hizo.

Con el alma

Caixinha ya pasó la etapa de conocimiento del plantel. Tiene el diagnóstico. Después de probar y anotar en su papelito, ya sabe que este equipo no da mucho más… Algunos jugadores pueden mejorar un poco; pueden seguir creciendo otros… pero el nivel promedio de rendimiento necesita de grandes partidos a nivel individual de algunos referentes para sostener la estructura colectiva. En Perú fue Herrera: el arquero tapó cuatro pelotas de gol, respondió bien en los centros y sacó muy bien. Se le sumaron Matías Catalán y Rafa Pérez, como bastiones defensivos. El tema volvió a estar del medio para adelante: ante la discreción del juego asociado, las responsabilidades que no asumieron los de arriba volvieron a ser repartidas entre los de atrás… Como otras tantas veces. Hasta que en un momento, Santos se hizo expulsar y llegó el tiempo oficial de la reconfiguración.

Cuando el presidente Andrés Fassi dijo “clasificamos con el alma”, dio en la tecla y fue, en todo caso, un acto de sinceridad editorial que abre un espacio para pensar: los principales atributos de la “T” no fueron el juego y el gol, sino otros…

En un par de días, llegará el momento de sentarse para ver toda la película, más allá del final épico: Talleres tiene una deuda en juego, que se profundizó a niveles llamativos. Necesita una inyección de calidad para elevar las capacidades y estar a la altura de lo que se juega, mientras los buenos proyectos que se contrataron en los últimos meses siguen evolucionando y madurando, para alcanzar niveles competitivos acordes. 

Mientras tanto, la buena noticia de la Copa Libertadores es un anabólico que ayuda y genera oportunidades de crecimiento. Queda mucho por hacer y siempre es mejor intentarlo con un buen clima.