En el fútbol argentino siempre se habla de plazos proyectados en el tiempo, pero cuando un equipo pierde dos partidos seguidos, al entrenador le compran un boleto de ida y lo único que le preguntan es si prefiere ventanilla o pasillo.

Uno de los tantos lugares comunes que germinan en el fútbol es el discurso referido a los “procesos” que se sustentan (y se prometen) con una perspectiva de largo plazo pero que, luego, por la picadora de carne que gobierna todo lo que hacemos, termina reducido al “partido que viene”. Se aplica en un campo de fútbol pero también en la vida: a nuestros jóvenes les cuesta incorporar la idea del trabajo de largo aliento y del sacrificio, cuando ven que en la esquina siempre hay tres o cuatro que nunca trabajan y tienen lindas zapatillas y celulares atómicos.

El fútbol tiene esa costumbre: se habla de plazos proyectados en el tiempo, pero cuando un equipo pierde dos partidos seguidos, al entrenador le compran un boleto de salida y lo único que le preguntan es si prefiere ventanilla o pasillo. Nos llenamos la boca envidiando a los que tienen una mentalidad más evolucionada pero aquí, a la hora de traducir esas experiencias ajenas en aprendizaje, siempre nos merodea la tentación de cortar camino. Porque para esas cosas, sí somos vivos.

Después del triunfo de Talleres frente a Boca, muchos opinadores salieron a borrar rápido lo que habían dicho de la gestión del entrenador albiazul, Alexander Medina: el mismo trabajo que hasta ese entonces había merecido calificaciones discretas porque el equipo no jugaba bien, a partir del triunfo en la Bombonera pasó a tener un cristal distinto. O sea, como ganó, la historia pasó a escribirse diferente porque el resultado nos reseteó el GPS. Ya no importó el modo de jugar, el proyecto de equipo, el estilo y el merecimiento, sino ganar. Eso tapó todo.

Podemos adecuar el razonamiento para la foto que se compone con las presentaciones de Belgrano (dos triunfos al límite), Instituto y Estudiantes de Río Cuarto (ambos, con dos empates). En piloto automático, flota la idea de que se tolera jugar mal siempre y cuando haya triunfos. Y si no los hay, hay que buscar otro entrenador urgente… ¿De dónde salió eso? Desde el criterio evaluativo que se aplica para medirlos, naturalmente aparece la lógica perversa del hincha al que le hicimos creer que merece que sus equipos le ofrezcan triunfos porque está prohibido perder. Entonces, abrazamos la idea de que no es importante jugar bien, “sino ganar”.

La absurda ecuación de jugar bien = perder / jugar mal = ganar, nos ha comido la sensibilidad imprescindible para valorar a los equipos, a los entrenadores, a los jugadores y a los dirigentes que confían en serio en los procesos, en la maduración, en el crecimiento y el desarrollo. Es cierto, no luce saludable que un equipo pierda 10 partidos seguidos y se lo justifique porque siempre quiso jugar bien: una cosa es jugar lindo y otra, muy diferente, es jugar bien. Pero evitemos la tentación de creer que sólo sirve el campeón, porque los entrenadores trabajan pensando en que si no ganan, los echan. 

Hace 40 años que incorporamos eso a nuestro diccionario y así nos fue, al menos en el plano del fútbol: se ha deteriorado la capacidad de organizar respetando plazos, los entrenadores llenaron de miedo a los jugadores, se sigue avanzando en la extinción de los que juegan bien, es legítimo pegarle al que inventa algo y los periodistas nivelamos para abajo a la hora de interpretar el juego porque sencillamente, lo único importante es ganar. Lo demás, es humo. ¿Llegará el día en que los hinchas sólo buscarán saber el resultado de los partidos, sin detenerse cómo jugaron los equipos?

¡Por supuesto que es importante ganar! Pero después, no nos sorprendamos cuando veamos a la selección argentina y no nos guste su juego. O su juego no nos represente. O demos vergüenza cuando nuestros representantes no acepten una derrota con hidalguía. Exigimos campeonatos del mundo a jugadores que tienen serios problemas para correr menos y pensar más, porque la mayoría de los equipos argentinos juega de una manera mecánica, en la que acertar dos pases seguidos es un milagro. 

Abajo, como parte del contexto que nos negamos a dimensionar y es una especie de semillero intelectual de lo que después se ve arriba, existe una realidad que debería motivar una reacción: hace rato que los chicos de las inferiores, o de las escuelas de fútbol, entran a la cancha asfixiados con la presión de ganar porque si no es el entrenador, son los padres. En vez de disfrutar del juego y transitar el aprendizaje conviviendo con los errores, esos pequeños son una bola de nervios y sienten alivio cuando terminan los partidos.

El amor y el odio están ahí nomás, culturalmente asimilados, como concubinos imaginarios en el universo de lo emotivo. Vamos del aplauso al insulto y del folclore a la burla que lastima gente, con una facilidad asombrosa. No hay margen ni tiempo para los procesos. Entonces, un triunfo cura, amansa…. hasta el próximo partido, en una renuncia absoluta a la necesidad de internalizar el concepto de trabajar a largo plazo y apostar por la evolución. Procesos a largo plazo, no de una semana, de un partido hasta el otro. Después llegarán los títulos y dejaremos de creer que Messi tiene la obligación de hacernos felices.