El ahora ex futbolista de Instituto ya fue anunciado como refuerzo del Santiago Wanderers, de Chile. Su salida venía siendo una posibilidad desde hace algunos meses y se cristalizó ahora. Para el presidente de la Gloria, es inaceptable que alguien siga en el club si prefiere irse.

La breve pero intensa historia de Damián Arce en Instituto parece ser la del propio club de Alta Córdoba en los últimos tiempos: cuando se encaminaba hacia algo grande y la gente se ilusionaba con revivir los grandes momentos, finalmente perdió aceite por algún lado y los sueños se desvanecieron.

Arce ya es un recuerdo cada vez más borroso… Llegó a la Gloria hace casi tres años, con una credencial destacada que le dio entidad a su presencia desde el instante en el que pisó el pasto del Monumental. En el imperio de la mediocridad de los torneos argentinos, Arce ofreció su zurda para abrirse caminos, recrear los ojos y alimentar la esperanza de un fútbol mejor. Pero así como cada vez que Instituto ha tenido el frente abierto para pelear por el ascenso y al final se quedó en el camino, la presencia de Damián en Córdoba traza una parábola similar. De ser el líder futbolístico capaz de enamorar con su talento, termina reducido a una expresión modesta e intrascendente: se quiere ir. Entonces, no se admiten medias tintas. La editorial del presidente Juan Manuel Cavagliatto no requiere interpretación alguna: si alguien no quiere estar, no puede permanecer un minuto más en el club. Entonces, Arce “fue”. Que se vaya con la zurda a otra parte.

Hasta no hace mucho tiempo, Damián Arce era la referencia de juego, del sustento que sostenía las expectativas del equipo para pelear arriba. Ofrecía calidad, algo que es casi imposible de conseguir hoy. Pisada certera; pases destructivos de las estructuras defensivas; gambeta necesaria y desequilibrante; guapeza para entrar a sectores hostiles de la cancha; excelente pegada para resolver con la media distancia lo que no se podía construir en el juego corto. Si el equipo no arrancaba, la presencia de Arce podía ser la chispa que lo encendiera; si la pelota quemaba, ahí estaba Arce con su zurda atérmica para elaborar alguna salida cerebral. Hacía todo más fácil, en un contexto en el que todos corren y pocos tienen las herramientas para jugar más y chocar menos. 

El asunto es que su incidencia venía en franca desmejoría y llegó a ser invisible. Tuvo algunas lesiones que le quitaron continuidad, lo condicionaron en lo físico y fue perdiendo su lugar. Más aún, con la llegada de Alejandro Faurlín y el crecimiento de Rodrigo Garro, dos jugadores diferentes pero parecidos. Le costó mucho este año ser el Arce de los calendarios anteriores y desde comienzo de 2021, al muchacho nacido en Ezeiza lo merodeaba la idea de seguir la ruta de los dólares, que no era Alta Córdoba, precisamente. Jugaba poco y rara vez se destacaba… Entonces, el amor se evaporó.

Hoy, la historia nos pone ante una realidad que sacude a todos los clubes de Córdoba: mandan las billeteras y sus dueños son de afuera. Damián Arce tenía contrato hasta junio pasado y se lo renovaron hasta diciembre, con una cláusula de salida de 500 mil dólares que era una ficción, porque nadie iba a pagar esa suma por él. No es que no lo valiera, sino que el mercado no suelta ese dinero por alguien que no juega. O es noticia porque está enojado. O porque le hace piquete al club que lo contrató.

Antes fueron Belgrano y Melgar de Perú: ahora apareció Santiago Wanderers, un discretísimo club que marcha último en el campeonato de Chile, pero que dispuso de algunos billetes para extirpar al “10” de Instituto y dejar el libro inconcluso, como otras veces… Así como Instituto nunca termina de darle forma al proyecto del ascenso, Arce se quedó con la lapicera en la mano porque las páginas que debió llenar en la Gloria muestran un blanco de cosa sin hacer, de tarea pendiente, de vacío y ausencia.

Su salida nos llena de preguntas. Si un jugador se quiere ir ¿es suficiente su desgano y falta de conexión con los objetivos institucionales, para que se vaya? En sentido contrario, si un club quiere desprenderse de un jugador ¿alcanza con incomodarlo o denigrarlo para que se vaya solo? ¿Son legítimas esas recetas?
Entonces ¿para qué se firman los contratos? ¿Es serio hablar de las ganas cuando es un ámbito profesional? Deberíamos tener en cuenta que el factor fundamental en este tema no es el sentido del humor, sino la responsabilidad. No es sólo es un tema legal, sino ético. Pasó cuando Teté Quiroz dejó plantado a Instituto para irse a Racing; o cuando Ricardo Gareca dio el portazo en Talleres para dirigir a Independiente ¡y tantos ejemplos más! No se trata del afecto, de sentirse cómodos, sino de cumplir con lo que se firmó. Entenderlo y cumplirlo, nos hace serios.

Mientras tanto, la salida de Arce es una pena, porque se va un jugador de una alta clase, sospechado de ser gran jugador, que deja algunas almas heridas en Alta Córdoba, el infinito y más allá.