Hizo muchos goles pero, según parece, no aprobó los exámenes en otros campos, en el que se mezclan argumentos físicos, políticos y afectivos.

Hace unos años, cuando Boca le abría las puertas a Wanchope (alias Ramón Ábila), Juan Román Riquelme salió al cruce de ciertos fantasmas que flotaban en torno al cordobés y dijo, entre resignado y exigente, “que baile, que vaya a ver a la Mona si quiere…. pero que en Boca haga goles”.

La historia indica que Wanchope se lo tomó a pecho y respondió afirmativamente en todos los frentes. Anduvo en los bailes, fue a ver a la Mona y metió una cantidad de goles como para aplaudirlo.

La editorial de Román tocó de manera transversal un punto G en el ADN de la mayoría de los futbolistas oriundos de Córdoba; porque afuera siempre se afirma que si un jugador es formado aquí, o pasó algún tiempo entre nuestra gente, se le pega eso de salir a los bailes y tener mucha sed en las noches.

Por supuesto que sobran los casos de muchachos que desmienten esa sospecha, pero el karma existe y aquella vez, le tocó a Wanchope ir al banquillo sabiendo que no lo iban a perdonar.

Hoy, unos años después, la trayectoria del ex “9” de Unión Florida e Instituto habla por sí misma: estadísticamente, se va de Boca como el mejor delantero en muchos años, con un promedio de gol digno de un aspirante a ídolo, más allá de que a esa condición se accede con méritos que tienen componentes afectivos inexplicables desde la razón.

Sin embargo, se va. O “lo van”… Oficialmente, el entrenador no dijo una palabra pero le bajó el pulgar al cordobés y le señaló el camino de salida.

Entonces, recordamos una regla de oro: el fútbol es hoy. No hay lugar para los agradecimientos o el romanticismo. A veces, ni siquiera para la memoria. Un tipo pudo haber sido un crack pero si llegó tarde a una pelota, no se lo perdona

No se puede vivir del amor. Los ciclos se cumplen de manera meteórica y consumen los plazos, como una picadora de carne. Hay estructuras tan exigentes que demandan resultados ya mismo, sin tiempo para perder ni para el error.

Wanchope hizo muchos goles pero, según parece, no aprobó los exámenes en otros campos, en el que se mezclan argumentos físicos, políticos y afectivos.

El hoy de Ábila no es suficiente y se fue dejando a Boca huérfano de delanteros, agachando la cabeza, casi ajeno a su propia historia, entre silencios y ausencias, con verdades que latirán en su corazón hasta que decida contarlas. Algo difícil que ocurra, porque, como buen morocho de barrio, Wanchope tiene códigos y esas cosas no se dicen.

Su situación confirma una foto que vemos siempre: la tiranía del presente se come cualquier expediente. El profesionalismo a ultranza no deja márgenes para ninguna otra posibilidad que la rentabilidad. Es hasta perverso: hoy te amo, pero si dejás de ser útil, hacete a un lado…

¿Cuánto importa el presente, sin asomarnos al pasado? ¿De cuánto sirve el pasado, si lo único que sirve es el presente? En los diarios, las noticias de ahora son viejas dentro de un rato…. La industria del fútbol ha fabricado toneladas de casos en los que el pragmatismo del negocio muestra que es incompatible con lo romántico.

Así como los goles de Wanchope no alcanzaron para sostenerlo en Boca, más acá, en el mundo real y cotidiano, vemos muy seguido que los redactores de la historia de nuestros clubes, los orfebres de los momentos vividos, no tienen lugar para ser parte del “ahora”, del “hoy” y quedan condenados a sonreír desde un cuadro o un póster, desde la pared.

¿Qué se hace con esa gente? ¿Alcanza con lo que hicieron, para que les den un puesto en las inferiores? ¿Entregarles una camiseta y mostrarlos en la cancha para que los aplaudan una vez cada 10 años, es la recompensa merecida y justa?

Se impone un “no” enorme como la personalidad de Wanchope cuando, sentado en el cordón de la vereda, frente a su casa en Remedios de Escalada, andaba pensando no jugar más, desencantado porque en Instituto no se sentía valorado. “Plata y miedo, nunca tuve”, dijo. Y salió a comerse el mundo, porque nadie le regaló nada.

El fútbol debe hacernos felices. Así está establecido. Porque la negación de esa felicidad es insoportable. Lloverán los elogios en el éxito y nos quedaremos solos cuando se apaguen las luces.