Nunca se destacó por el nivel de su juego y alzó el trofeo con 24 goles a favor (en 17 partidos): lejos de los 34 de Estudiantes (15), 32 de River (15) y 30 de Racing (16). Al menos en los resultados, resultó ser el mejor equipo del primer semestre. ¿Representa al fútbol argentino?

Los pragmáticos se apuran en aclarar que “lo único importante es ganar”. Entonces, en el fútbol argentino nos resignamos y caminamos de manera lenta e inexorable hacia la cornisa, porque seguimos creyendo que el nuestro es el mejor del mundo y la realidad dice otra cosa. Aunque haya triunfos, no siempre se puede tapar el sol con la mano. Ya no se discute desde un valor sensible como la estética, sino desde el sentido de los procesos que determinan una identidad y acercan a los equipos hacia los resultados. Aunque a veces nos confundamos, no es lo mismo “jugar lindo” y “jugar bien”: la diferencia es sustancial y nos está costando entenderla.

Algo está ocurriendo, que caminamos hacia la dirección equivocada en deterioro del fútbol que supimos concebir. Entre tanta cancha que mojan, conitos, planillas y atletas que se ponen botines, los partidos transcurren plagados de llantos, infracciones, imprecisiones y la certeza de que lo importante es no cometer errores. Máxima sagrada: el que se equivoca, pierde.

Ver al Boca campeón es revelador porque se prestó a la premisa de descomprometerse del nivel de juego para transitar el campeonato. Como ganaba, jugar bien dejó de ser importante… De distintas maneras, puso en escena diferentes versiones del concepto de la supervivencia, que en el fútbol no significa otra cosa que improvisar, cortar camino, apagar la luz, salvarse por lo individual y creer que con el corazón caliente alcanza. Ni siquiera “ganar a lo Boca” es eso.

Su fútbol encontró la luz entre muchos cuestionamientos por su limitada capacidad colectiva y su discreto poder de gol. En la final contra Tigre opuso resistencia, contó con algo de suerte y mostró buen nivel de los defensores. Se mantuvo en pie por la energía que le transfirió la gente y tomó coraje con el 2-0 (tremendo gol de Fabra) cuando la estaba pasando mal. ¡Hasta se dio el lujo de hacer tres, por primera vez en el campeonato, ante un adversario que no fue ni la mitad del que le ganó a River!

¿Debemos hablar de merecimientos cuando en la cancha, la verdad es una sola? ¿Desde qué lugar se puede menoscabar la consagración de Boca? Objetivamente, llegó poco y presentó tantos problemas que más de una vez, al entrenador empezaron a buscarle reemplazante. Pero ahí adentro, contando monedas y todo, fue el campeón.

Los mejores están afuera

Hay un ejemplo, que puede ayudarnos a abrir los ojos para conocer la calidad de la industria argentina. En el concierto internacional y con el Mundial de Qatar asomándose en el almanaque, la selección argentina jugará contra Italia en Wembley la semana que viene. De los 29 jugadores elegidos por el entrenador Lionel Scaloni, sólo dos (Julián Álvarez y Franco Armani) juegan en Argentina. O sea, 27 futbolistas que Scaloni considera los mejores, no están aquí sino que jerarquizan torneos de otros países.

Algo similar ocurrió con las convocatorias anteriores y seguramente pasará con las que vienen: si nos cerramos a pensar que acá están los mejores, se nos están escapando algunas tortugas.Nuestra patria futbolera es eso. Si nos ponemos a debatir sobre qué fútbol “es el mejor”, la discusión no terminará nunca; si focalizamos en “¿cuál es el fútbol que nos identifica?”, estaremos en problemas porque se aplaude al que gana, sin importar cómo, aunque en la mesa de café broten las lágrimas por tanta mediocridad y se destile lirismo por el fútbol que aprendimos de tantos cracks que han enaltecido la historia.

Boca campeón es una consecuencia. ¿Cuál es la vara que debe servir para medir qué tan bueno ha sido su rendimiento? ¿La de River? ¿Estudiantes? ¿Racing? Si tomamos los 10 equipos de mejor puntaje en el torneo, veremos que hay una convivencia de estilos. Con lo que mostró, le alcanzó para pasar el corte en la etapa clasificatoria, sacando provecho de las pobres campañas de sus competidores más destacados (Independiente, Colón y Vélez).

Tomemos algunos números como referencia. Boca totalizó 24 goles a favor (en 17 partidos), muy atrás de los que hizo Estudiantes (34 en 15), River (32 en 15) y Racing (30 en 16), aunque con un destacado cerrojo en cuanto a los goles recibidos: el arco boquense (11) fue el segundo menos vencido, un paso más atrás que Racing (10). ¿Algo más? Tres de las figuras de Boca en la final contra Tigre (Advíncula, Fabra y Villa) son jugadores extranjeros.

La consagración de Boca nos permite acomodar las ideas de otra manera, porque es la mejor fotografía del fútbol argentino: deberíamos revisarla, con tiempo y paciencia, para aprender. O, al menos, para detener el deterioro. Para ser los mejores del mundo, necesitamos salir del pantano de conceptos y eso nunca comenzará si insistimos en nivelar para abajo.
En nuestro universo, donde se naturaliza la trampa y nadie tolera perder, lo único que crece es la pasión de la gente, posiblemente porque necesita ser feliz de alguna manera y ve en el fútbol una posibilidad de lograrlo.