La forma en la que el presidente argentino se puso al frente de la emergencia por la pandemia de coronavirus elevó su popularidad a extremos impensados. Su conducta ilusiona a millones de argentinos. ¿Logrará cumplir con las expectativas?

Lejos de lo que muchos esperaban a esta altura de su gobierno, una extrema crisis sanitaria, tan impredecible como gigantesca como la de esta pandemia, ha logrado que el presidente Alberto Fernández cuente con el apoyo de una inmensa mayoría de los argentinos. Nadie puede negar que su popularidad en el país está por las nubes.

Quienes lo votaron, y un buen porcentaje de quienes no lo hicieron, lo apoyan ahora en forma incondicional y hasta entusiasta por la manera en la que está liderando esta complicada coyuntura.

Los que lo observan desde cerca cuentan que trabaja día y noche para hacerle frente y anticiparse a los desafíos que nos impondrá el avance del coronavirus, no sólo con su equipo sino también con el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, y con el gobernador de la provincia más populosa del país, Axel Kicillof, quienes enfrentan la problemática de gobernar los distritos con mayor cantidad de contagiados.

Prácticamente sin salir de la Residencia de Olivos, el presidente no le hace mala cara a cuanta reunión haga falta, acepta extensas entrevistas, ha enfrentado conferencias de prensa sin esquivar preguntas y ha tenido el pulso acertado para tomar las decisiones que la mayoría de los argentinos esperaba.

En ese contexto, su comportamiento en las redes, en especial en Twitter, donde persiste hasta la madrugada en contestar a ciudadanos que esperan sus consejos y aliento, no aparecen como un acto demagógico sino como la continuidad y el cierre coherente de una rutina responsable que lo ha convertido en uno de los gobernantes más admirados de la región.

Mientras Bolsonaro, alineado con actitudes como la de Donald Trump, milita en Brasil en contra de las medidas que afectan la economía pero ponen riesgo la salud; o Piñera deja en Chile al desnudo sus dudas con un extremo toque de queda por las noches y una libertad de actividades de contagio durante el día, Alberto Fernández encabeza los líderes mundiales que optaron por cuidar a sus compatriotas por sobre los intereses económicos, por lo que fue elogiado por la Organización Mundial de la Salud al haber “tomado medidas rápidas y audaces que pueden cambiar la curva del coronavirus”.

Con un mensaje preciso, una utilización oportuna de los recursos de comunicación y sin importarle lo que piensen o cómo le respondan a su severidad los que no cumplen con medidas como el aislamiento obligatorio, el presidente argentino ha logrado un canal por el que fluye una simpatía que reúne por primera vez en muchos años a quienes estaban de un lado y del otro de la denominada grieta que tanto daño hizo a la fraternidad nacional.

Ya sea por la reacción esperada que ha tenido ante esta emergencia global que le impuso el Covid-19 o porque realmente estaba preparado y era la persona ideal para encaminar los desaguisados que hace años soporta nuestro país, cierto es que Alberto Fernández se ha convertido en el líder que hace mucho esperaban los argentinos.

El tiempo dirá si mantiene el temple para pasar a la historia o si se suma a la larga lista de desilusiones que hemos soportado en este rincón de promesas incumplidas en el que nos ha tocado nacer y vivir.