Su director, Hadrián Ávila Arzuza, recuerda sus comienzos, su presente y sus planes a futuro.

“El Teatro del Libertador General San Martín es un lugar mágico”. En esas palabras podría resumirse el sentir de su actual director, el maestro Hadrían Ávila Arzuza, en el marco del 130° aniversario de la inauguración del máximo recinto de la cultura cordobesa.

Un lugar mágico podría también ser un micromundo mágico. Allí suceden acontecimientos propios de un cuento fantástico, un viaje en el tiempo en el que se hacen realidad sueños inverosímiles, mediante el trabajo de cientos de artistas, músicos, técnicos y operarios.

Diseñado por el arquitecto italiano Francisco Tamburini el teatro emergió en pleno centro capitalino un 26 de abril de 1891, tras tres años de obras y uno de espera. En el 2018, la Provincia de Córdoba inició las obras de refacción y puesta en valor integrales, previas al Congreso Internacional de la Lengua Española de 2019.

Hoy, este reducto histórico, monumental y deslumbrante, dependiente de la Agencia Córdoba Cultura, es el espacio donde sucede lo que parece imposible: que el arte, la música y la cultura conviertan a quienes transitan por sus pasillos en mejores personas.

“La cultura es esencial para el desarrollo del individuo. Nos hace ser mejores. El arte nos enriquece hasta físicamente. Es como una medicina que nos tranquiliza, calma y alivia. Espiritualmente es lo mejor que puede tener la humanidad. El arte es reflexión, no solo un entretenimiento, es de las mayores creaciones de los seres humanos”, con esa reflexión el director sinfónico resume lo que representa la música en su vida. Y en la de todos los demás.

El arte es reflexión, no solo un entretenimiento. Es de las mayores creaciones del hombre. Hadrián Ávila Arzuza

Del cálido mar colombiano hacia la gélida Rusia

Ávila Arzuza nació en la ciudad de Barranquilla, al norte de Colombia, hace 46 años. A los nueve comenzó a ir al teatro a escuchar conciertos y a tomar clases de piano. Diez años más tarde cambiaba el calor del Caribe cafetero por el frío ruso. Allí fue, en la cuna de los zares, dónde comenzó la magia.

“Extraño San Petersburgo, donde estudié. Significa todo en cuanto a la formación musical. Todavía me siguen brotando cosas de esos años”, rememora.

En 1994, Ávila viajó a Rusia para ingresar al prestigioso Conservatorio Estatal Rimsky-Korsakov. Se graduó en el 2000 como director Sinfónico y Operístico recibiendo diploma de honor.

Tras su paso por la Orquesta Sinfónica del Conservatorio de San Petersburgo en la Sala Glazunov, recaló en otra ciudad de su país natal, Cali, en la que se desempeñó como director titular de la Orquesta Filarmónica de Bellas Artes. Su currículum es tan extenso como laureado. Enumerarlo sería más complejo que lograr que un ensamble suyo pierda el compás.

En el 2003, arribó por primera vez a Córdoba como director invitado. Un año después, nuestras calles lo alojarían definitivamente: se convirtió en director de la Banda Sinfónica del Libertador y luego de la Orquesta Sinfónica.

En poco más de 16 años dirigió cerca de 300 conciertos empuñando la batuta en defensa de la bandera musical de nuestras tierras. Arzuza duda al intentar descifrar la cantidad total de espectáculos que comandó en su carrera. “Deben ser más de mil”, esboza.

Nuevos tiempos, viejos trucos

El teatro vibra con el fragor de un coliseo romano, de luchas heroicas, de carabelas navegando hacia lo desconocido o de un telar de cables, sogas e hilos de alambre que cuelgan desde el techo a más de 30 metros de altura.

Recorrerlo es una experiencia arqueológica: se pueden apreciar desde la tierra revuelta del subsuelo donde se apoyan las vigas que mueven el piso de la platea —se aplanaba y se sacaban las butacas para ocasiones especiales, como galas o bailes de salón—, hasta los enormes carreteles de pinotea que giraban para hacer las veces de poleas gigantescas para subir y bajar los telones.

Las sogas conviven hoy con la tecnología de los malacates eléctricos; la parrilla de listones de madera se combina con la de rejas de hierro; y la fuerza de los brazos de los tramoyistas se sustenta ahora en la potencia de un motor que aliviana su labor.

De todos los telones que cuelgan por sobre el escenario, algunos siguen utilizando el tradicional y centenario sistema de poleas y correas para deslizarse, en tanto que otras vigas —que soportan artefactos lumínicos o paneles de acero que cubren el techo— lo hacen con energía eléctrica. La intimidad de sus pasillos permite advertir que lo moderno y lo antiguo pueden coexistir en una perfecta armonía.

Inmiscuirse en los pasadizos de un lugar como el teatro San Martín es indagar en un trozo enclavado de historia viva: la de Córdoba, la de Argentina y la del mundo.

Allí coinciden un telón milanés de caída italiana (se abre y se cierra desde los laterales al centro en un movimiento similar al de las alas de un ave en vuelo) con uno francés estilo “guillotina” (baja recto al piso); un fondo de fantasía pintado y restaurado que data de 1910 y que representa el federalismo de la República se asoma entre las reminiscencias arquitectónicas propias del teatro Colón (los diseñó el mismo profesional); y se percibe la curiosa inversión piramidal socioeconómica de un época en donde predominaba el clasismo cordobés de finales de siglo 19: abajo se sentaban los ricos y cuanto más alta era la ubicación más precaria y barata era la butaca.

De abajo hacia arriba, el recinto para los espectadores se divide en: platea, palco bajo, palco alto, cazuela, tertulia y paraíso.

De largo, se secciona en: la caja escénica (espacio dedicado a los músicos y artistas), el prossigno (límite imaginario entre el escenario y el resto del habitáculo), la fosa (hueco frente a las primeras filas donde toca la orquesta en obras de ópera o ballet y por donde los sonidos se elevan como si fueran corcheas de aire caliente); y finalmente la platea.

En el subsuelo del escenario y en la parrilla más alta suceden los milagros. “Son el sombrero del mago”, grafica Matías Gaitán, técnico escenográfico que conoce al detalle los trucos para hacer aparecer frente a la audiencia en un chasquido de dedos una lona de 15 metros de alto o desaparecer a una persona usando una trampa en el piso.

El Libertador es, sin dudas, un lugar mágico. En parte, gracias a que muchos “Matías” realizan tareas invisibles pero esenciales.

Por encima del prosiggno se esconde un telón cortafuegos que baja en 20 segundos en caso de un incendio. El teatro tiene delimitados sus espacios. Y también los tiene protegidos.

“El objetivo principal no es el concierto, sino todo lo que se genera alrededor. Cómo queda en las personas el recuerdo de esa vivencia. Que este sea un lugar que amemos todos. Mi estrategia es atraer a la mayor cantidad de público, con funciones para todas las edades: niños, adolescentes, tercera edad. Festivales, exposiciones. Tenemos una tarea enorme en el tema educativo. El teatro tiene que llegar a la mayor cantidad de personas”, explica Arzuza. Su idea es que esos límites sociales imaginarios se rompan. Y en eso trabaja.

Un espacio que forme, instruya e incluya

“Hay un apoyo sostenido de parte de las autoridades del Gobierno de Córdoba respecto a todos nuestros planes. El entusiasmo, la energía, el amor y la pasión de todos los que trabajan aquí es lo que va a hacer posible que alcancemos estos objetivos. Todos deben poder conocer el teatro”, expresa.

El teatro tiene hoy en funcionamiento seis cuerpos estables profesionales y tres de formación. Por un lado, la Banda Sinfónica, la Orquesta Sinfónica, la Orquesta Provincial de Música Ciudadana, el Coro de Cámara, el Coro Polifónico y el Ballet Oficial. También hacen su práctica en esta sala el Seminario de Danza Clásica “Nora Irinova”, el Coro del Seminario de Canto y la Orquesta Académica Juvenil.

Arzuza apuesta a potenciar a los consagrados, y a acompañar a los nuevos talentos.

“El alma del teatro son los espectáculos operísticos y el ballet. Tenemos toda la infraestructura para realizarlos, queremos que haya una temporada de gran categoría, que nos visiten turistas de otros lugares, y se asombren por el nivel que van a encontrar”, cuenta.

Espera devolverle, con manejo y resultados sobre las tablas, toda la jerarquía que el teatro recuperó tras la restauración de hace unos años. “Queremos llevar adelante un proyecto artístico de la misma categoría de la obra que se realizó”, aclara.

La pandemia atentó contra su idea inicial, ya que asumió en febrero de 2020 y pocos días después debieron cerrar las puertas. “Nos estamos preparando con diversos proyectos. Sabemos que en cualquier momento contaremos con una mejor situación y tendremos encima el montaje de grandes títulos”, avizora.

Reconocido como un nostálgico de la cultura rusa, aún conserva añoranza por el “Junior” de Barranquilla, sentimiento que se evidencia con el gesto de llevarse la palma de su mano derecha al corazón al recordar al equipo de fútbol de su lugar de origen. Pero el director barranquillero hoy apuesta todo a la gestión en Córdoba.

“Cuando vine por primera vez en el 2003 de director invitado no me imaginé que iba estar en este puesto. En estos días, seleccionando archivos, me agarró una emoción tremenda. Esas fotos, con tantos recuerdos, la energía que recibí al empezar a rememorar anécdotas fue muy fuerte. Solo por eso vale la pena ser el director del Teatro Libertador”, detalla.

Arzuza viaja hasta el 2007 para poner a la ópera “Tosca”, de Giacomo Puccini, como su favorita en estas latitudes. La primera que dirigió y la que más lo signó. Luego de eso, su trabajo se convertiría en una cuestión vocacional: “En estos momentos lo veo como una misión, por algo recibí esta responsabilidad. Que asumo con toda la entrega”.

Córdoba, un lugar para poder expresarse

Córdoba es cuna de revoluciones, rupturas y gestas memorables. Es tierra de cambios, avance y vanguardia. El músico encontró, en nuestra provincia, un clima favorable para su perspectiva artística.

“Córdoba me gustó desde la primera vez que estuve. Creo que es un lugar único por la confluencia de diferentes personas: por los turistas y los estudiantes. Siempre hay un público diverso y mucha gente joven, que en otros lados no sucede”, valora y remarca el entusiasmo que tiene el público local por ver y escuchar cosas nuevas.

Sobre la apertura en materia musical, Ávila advierte que “Córdoba tiene esa capacidad de recibir diferentes propuestas que en otros lugares no las reciben bien. Estamos abiertos a las distintas ideas, mientras sean hechas de corazón y con transparencia. El arte es la búsqueda de la verdad y eso se tiene que ver reflejado en el trabajo que se realiza”.

Hacia una nueva era

Su amor por la música va más allá de un escenario. Es, en sus propias palabras, un camino hacia la búsqueda de la verdad y la dignidad: “Con solo tener las obras de Beethoven nos podemos sentir orgullosos de haber vivido en este planeta. Y nosotros estamos transmitiéndole a la sociedad que hay grandes valores por los cuales luchar. La música tiene un mensaje más allá de las notas”.

Teje con su discurso, pausado y analítico, un pentagramas que redunda en un ideal que trasciende a lo artístico. Su puesto como el director del Teatro San Martín en este 130° cumpleaños parece hallarlo en el lugar y en el momento indicado. El teatro luce todo su esplendor. Brilla, pero también piensa a futuro.

Su pasado flota como un espectro encantador, y su mañana camina a paso firme. Dirigida por este colombiano acordobesado, quien aprendió a pintar el aire con la estela de su batuta que parece haberse convertido en la varita de un ilusionista. Como él exclama: “El teatro es un lugar mágico”. Y su impronta de purismo insaciable por logar cosas inesperadas y sorprendentes permite intuir que tiene toda la razón.